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miércoles, 29 de abril de 2020

Cuadragésimo sexto día. La búsqueda obsesiva del bienestar fomenta el miedo...




La búsqueda obsesiva del bienestar fomenta el miedo, y la sumisión es la solución confortable –y por eso amnésica- del temor. La valentía, en cambio, nos libera, pero –molesta contrapartida- nos hace perder parte del bienestar. Hace despertar el gatito modorro al felino libre que vive, sin duda, menos cómodo, sin calefacción, sin cestito, sin comida puesta, y sin arrumacos. Nos lanza al descampado, que es el territorio de la libertad y de la creación.

“Anatomía del miedo” José Antonio Marina. Editorial Anagrama.

miércoles, 1 de abril de 2020

Decimoctavo día. "Anatomía del miedo". Os dejo una cita de este ensayo de José Antonio Marina, apropiada para los tiempos presentes.



El poder del simbolismo sobre las emociones es evidente. Una bandera, un himno, una palabra provocan emociones patrióticas. Una palabra de consuelo alivia o alegra. Un insulto enfurece. Y una historia de miedo aterra.

La realidad nos envía constantemente señales que el miedoso interpreta como amenazas. Y que el temerario interpreta de otra manera, como desafío, por ejemplo. Una misma cosa puede vivirse como una amenaza o como una oportunidad. Depende del sujeto.


“Anatomía del miedo” de José Antonio Marina, editorial Anagrama.

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Sujetos morales

Picos de Europa. Foto Sebas Navarrete


…Nuestra indefinición. Nuestro permanente vivir en vilo. Nuestra ontología precaria. El largo proceso por el que a lo largo de milenios nos fuimos construyendo como sujetos morales, precisando poco a poco nuestros ideales, nuestras normas, construyendo nuestras instituciones liberadoras, psicológicas y sociales, frutos de nuestra vulnerabilidad y de nuestra grandeza. …Somos protagonistas de un gran relato de final incierto. Estamos impulsados por un dinamismo creador y si lo abandonamos no volvemos a ningún punto de partida. No somos una flecha lanzada desde el suelo y que al suelo cae. No podemos volver a la áspera pero inocente condición de los animales, igual que un roble no puede retornar a la bellota de la que procede. La inhumanidad no es un retorno, sino una degradación. Extraído de “Pequeño tratado de los grandes vicios” de José Antonio Marina. Editorial Anagrama.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Humildad

Stonehaven (Escocia) Foto Sebas Navarrete


HUMILDAD. Spinoza la define como “una tristeza nacida de lo que el hombre considera su impotencia o su debilidad”. La bajeza, continúa, es una tristeza que hace que no nos valoremos con justicia. Kant la opone a la obligación de respetar en uno mismo la dignidad del hombre. Para él hay una verdadera humildad, que es sentirse de poco valor en comparación con la ley. Los más generosos suelen ser los más humildes, escribe Descartes. Sólo conociendo la enfermedad podemos entender el antídoto. Por eso es necesario estudiar los vicios antes de contemplar las virtudes. Las concepciones actuales de la humildad son la igualdad democrática, el respeto a la dignidad, el pensamiento crítico y la conciencia de vulnerabilidad que nos da la historia.

Extraído de “Pequeño tratado de los grandes vicios” de José Antonio Marina. Editorial Anagrama.

martes, 7 de agosto de 2012

Nunca hemos sabido más, nunca recordado menos



Creo que estamos en un momento nuevo de la historia. Nunca hemos sabido más y nunca hemos recordado menos. La cultura siempre ha sido la herencia social, la consolidación y transmisión de la memoria. Mis alumnos, muy modernos, piensan que no hay que aprender lo que se puede encontrar (en Google, fundamentalmente). Enorme ingenuidad. Sin reactivar desde uno mismo su genealogía, el presente se puede usar, pero no entender, igual que los teléfonos móviles, los ordenadores, las leyes o los medicamentos. En todos esos casos, la inteligencia está en los objetos, no en el sujeto. Ellos nos guían hacia no sabemos dónde. Una de las razones de la crisis financiera que sufrimos es que los bancos estaban vendiendo productos financieros que casi nadie comprendía. Es un síntoma de una enfermedad más general. Hay un inconsciente personal y un inconsciente objetivado en los productos culturales. Nuestros lenguajes, costumbres, instituciones, leyes, saberes, adquieren su sentido a lo largo de un proceso constituyente, y si no lo conocemos, los usaremos con frivolidad o dogmatismo –que es la frivolidad de la bobería engreída.
Pero la apelación al pasado para descifrar la actualidad está desapareciendo. Vivimos en una hiperestesia de lo inmediato, en un actualismo flash. La moda es el paradigma de nuestra cultura. Conviene que todo sea de usar y tirar para no entorpecer el ciclo productivo. Sin duda, como escribió Paul Ricoeur, necesitamos “recuperar la cadena de nuestra memoria cultural”, pero para ello hace falta una paciencia incompatible con nuestro mundo acelerado. Para la ciencia, la técnica y el comercio lo actual es lo único valioso. No es necesario que un especialista en mecánica cuántica sepa quién fue Kepler, ni siquiera quién fue Max Planck. Y un experto en nanotecnología no necesita saber la historia del microscopio. Ambos pueden ejercer su profesión brillantemente sin esos conocimientos. Lo que resulta más problemático es si captan el sentido de su actividad, porque la comprensión supone, entre otras cosas, situar el presente en un largo y amplio dinamismo evolutivo, descubrir su genealogía, someterlo a un peculiar psicoanálisis histórico. De lo contrario podemos convertirnos en idiots savants (personas capaces de realizar determinadas proezas mentales pero que en todos los demás aspectos son retrasadas mentales). Esto es especialmente importante en lo que afecta a nuestros modos de vida. Comte-Sponville ha escrito: “Toda moral viene del pasado. Sólo hay moral fiel.” Tengo que precisar esta afirmación. Toda moral es fruto de una larga y dramática experiencia, y si olvidamos esa experiencia caemos en una “trivialización por desmemoria” o en una “ingenuidad por ignorancia”. Y ahí la inteligencia fracasa. Olvidamos que gran parte de las cosas que pensamos, sentimos y creemos son resultado de un largo proceso de invención, de descubrimiento o de ambas cosas, y que si desconocemos esto, desconocemos también por qué pensamos, sentimos o creemos lo que pensamos, sentimos o creemos.
Extraído de “Pequeño tratado de los grandes vicios” de José Antonio Marina. Editorial Anagrama.


jueves, 10 de noviembre de 2011

Somos


Somos seres divididos, en diálogo o pelea con nosotros mismos. Necesitamos “sentirnos bien en nuestra piel”, pero esto no podemos conseguirlo ahogando las voces de la crítica o intoxicándonos de presunción, sino acortando las diferencias entre nuestro yo ideal y nuestro yo real.

Extraído de “Aprender a convivir” de José Antonio Marina. Editorial Ariel. Edición mayo del 2006.

jueves, 2 de junio de 2011

Ensoñación y juego



Es un error confundir “ensoñación” y “juego”. Un niño que se aleja del libro y deja vagar la mirada por el cielo, protagonizando una historia construida con trozos de comics y películas, no juega. Fantasea tan sólo. Pero suena el timbre del recreo, y el niño regresa a una realidad todavía indecisa. Ya no está del todo en las nubes, como antes, ni está todavía en la clase, como antes del este. Sigue apresado, si no en la ensoñación, al menos en su estela. Se levanta, coge un plumier e imita las evoluciones de un avión: ahora está jugando. La ensoñación es un embrión de juego que anida y crece en el seno maternal de la conciencia, sin contacto con el mundo exterior. El juego es la ensoñación que se apropia de un fragmento de realidad –el juguete-, que se convierte así en una cosa fagocitada por un sueño. José Antonio Marina. Elogio y refutación del ingenio. Premio Anagrama de ensayo.

miércoles, 1 de junio de 2011

La realidad



La realidad impone su pesada presencia no sólo en el aburrimiento, sino también en el miedo. Todos somos vulnerables al dolor y a la muerte, pero por si ésta fuera poca servidumbre, otorgamos a la realidad poderes tiránicos, que nos mantienen en permanente angustia. Puestos a inventar, inventamos hasta nuestros fantasmas. Una cierta vocación de esclavitud nos somete a dictaduras que nosotros mismos hemos creado.

José Antonio Marina. Elogio y refutación del ingenio. Premio Anagrama de ensayo.

miércoles, 18 de mayo de 2011

El consumo


El sistema productivo actual ya no está dirigido a satisfacer las necesidades existentes. Hay un exceso de producción, una necesaria y obsesiva exageración productiva en los países desarrollados, consumistas, que ya no se rige por la demanda del cliente, sino por la misma oferta que el sistema crea. Primero se fabrica, y luego se induce la necesidad de lo fabricado, que permitirá vender esos productos, con frecuencia excedentes y superfluos. Hace falta provocar una bulimia, una glotonería ávida, que metafóricamente se hace visible en la plaga de obesidad que padece Occidente. Tiene razón B. Turner cuando relaciona los modos del deseo con los modos de producción.

Nos hemos acostumbrado tanto a esta codicia consumista que nos parece que siempre ha existido, lo cual no es cierto. Zola, ejemplo eminente del intelectual comprometido, se alarmó hace más de cien años ante el protagonismo económico del deseo. En 1883, publicó El paraíso de las damas. Treinta años antes se había inaugurado en París Bon Marché, una tienda precursora de la revolución comercial. En su novela, Zola llama “traficantes en deseos” a los propietarios de los grandes almacenes. Lo que le irritaba era el uso de la mercancía como tentación. Hasta ese momento, las mercancías habían estado guardadas en cajas, esperando la necesidad, la demanda, que las hiciera salir de las estanterías. Pero en el gran almacén, los objetos realizaban un strip-tease comercial, iban desnudos hacia el cliente, despertando la lascivia consumista. No paró en eso la cosa. Por esa época se inventó la lámina de vidrio y apareció el escaparate. ¡Era el colmo! Las mercancías ejercían su potencia tentadora contra el viandante. Era una especie de prostitución. En efecto, prostituere significa ponerse en un escaparate. Exhibirse excitantemente. José Antonio Marina. Editorial Anagrama, colección Argumentos.

martes, 17 de mayo de 2011

Carecer de naturaleza



Carecer de naturaleza se convierte en el mayor orgullo y en la más profunda desventura. La esencia se transforma en una tarea, en vez de ser el origen de todo. Viviremos en precario, navegaremos erráticamente, mientras no consigamos fijarnos como especio. Esto se hace más urgente en un instante en que las nuevas biotecnologías amplían desmesuradamente nuestras posibilidades de actuar sobre nosotros mismos. No podemos saber lo que debemos hacer si no sabemos lo que tenemos que construir. “Sentido” significa, entre otras cosas, “dirección”, y al preguntar por el sentido de la vida preguntamos también por la meta a que nos dirigimos.

Somos una especie en busca de su esencia, y mientras no la fijemos nuestra existencia será un cotidiano “¡Sálvese quien pueda!”. José Antonio Marina. Editorial Anagrama, colección Argumentos.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Contradicciones


Los fracasos de las campañas de prevención de las toxicomanías o de la violencia de género no se pueden explicar sin conocer el sistema invisible que las fomenta. Gastar tantos esfuerzos para disuadir de tomar drogas, al mismo tiempo que fomentamos el sistema que induce a tomarlas, es una conducta contradictoria y bastante estúpida. Y espantarse de los actos de violencia cuando se siguen transmitiendo parones machistas es una impostura. Tal vez al poner al descubierto los sistemas conceptuales y afectivos que nutren los fenómenos visibles, descubramos que estamos aceptando exigencias incompatibles, metiéndonos alegremente en callejones sin salida y que la única solución puede ser cambiar esos sistemas, cosa laboriosa y lenta. José Antonio Marina. Las arquitecturas del deseo. Editorial Anagrama, colección Argumentos.

martes, 10 de mayo de 2011

Momentos decisivos


Con frecuencia no sabemos en qué momento tomamos decisiones decisivas. Un instante antes estábamos dudosos y un instante después estábamos comprometidos. Daniel Dennett, un inteligente filósofo comenta:

“Muchos de los momentos decisivos de nuestra vida no estuvieron acompañados por decisiones conscientes. Cuando uno dice: “He decidido aceptar el trabajo”, uno está seguro de que está informando a sí mismo de algo que ha hecho recientemente; pera la reminiscencia sólo muestra que ayer uno estaba indeciso y que hoy ya no lo está. La decisión debe de haber sucedido en algún momento del intervalo. ¿Dónde sucedió?” (La libertad en acción, Gedisa, Barcelona, 1992, p.97) Extraído de Las arquitecturas del deseo, de José Antonio Marina. Editorial Anagrama, colección Argumentos.

lunes, 20 de diciembre de 2010

La rutina


La rutina. Los hábitos son mecanismos aprendidos que automatizan ciertas conductas de tal modo que nos permiten realizarlas con mayor facilidad, perfección, y sin necesitar que prestemos atención. Son indispensables para toda actuación eficiente. Un violinista no podría interpretar bien si no tuviera perfectamente automatizada la digitación. No se puede escribir bien un idioma que no se domina, es decir, que no se ha automatizado. Sin embargo, los hábitos pueden liberarnos, pero también pueden esclavizarnos. Por eso deben estar sometidos a una vigilancia superior. Intentar resolver un problema de manera rutinaria sólo sirve cuando los problemas son muy elementales. El mecanismo puede dispararse automáticamente e intentar someter a su acción cualquier conflicto, en lugar de acomodarse él al conflicto. Los estudios sobre el fracaso de los directivos empresariales o de los políticos atribuyen muchos de ellos a la creencia de que lo funcionó en un caso debe funcionar siempre. Esta rigidez es una de las causas más frecuentes de las derrotas personales. “La inteligencia fracasada” de José Antonio Marina. Editorial Anagrama.

lunes, 13 de diciembre de 2010

La inteligencia.


La evolución biológica dejó al ser humano en la playa de la historia. Entonces comenzó la gran evolución cultural, la ardua humanización del hombre mismo y de la realidad, cuyo destino es aún incierto. Nietzsche lo dijo con su envidiable contundencia: Somos un animal no fijado. Una especie indecisa a la búsqueda de su definición. Aún no sabemos si triunfará la sabiduría o la estupidez.

Seré optimista una vez más. La inteligencia es un caudal poderoso y, contra viento y marea, triunfará, a menos que la especie humana se degrade, abandonándose a una felicidad de cerdo o de lobo, a una claudicación que le acompaña siempre como una posibilidad tentadora. Confío en una inteligencia resuelta, inventiva, cuidadosa, poética, ingeniosa, intensa y estimulante. Extraído de “La inteligencia fracasada” de José Antonio Marina. Editorial Anagrama.

viernes, 19 de febrero de 2010

La magia de leer.


A los seres humanos les encanta escuchar historias, conocer vidas ajenas, asistir a acontecimientos fantásticos y lejanos. Experimentan con ello emociones intensas. Virginia Woolf, con cierta guasa, escribió en su diario: “A la gente le gusta sentir, sea lo que sea”. Somos insaciables consumidores de emociones. La anestesia afectiva nos da pavor. O, casi peor aún, nos provoca aburrimiento. Sin embargo, estamos tironeados por dos impulsos contradictorios. Queremos estar al mismo tiempo ensimismados y alterados, tranquilos y exaltados. Somos adictos al estremecimiento, pero nos horroriza estar siempre estremecidos. La rutina nos aburre, pero la novedad nos asusta. En parte, la cultura no es más que un educado intento de resolver este problema insoluble de cómo estar en calma y excitados. La ruleta rusa, la montaña rusa, el vodka ruso, la novela rusa y para algunos la Revolución rusa, por poner ejemplos de una sola familia léxica, lo intentaron con mejor o peor fortuna.
Las obras artísticas intentan cambiar nuestro estado emocional de modo controlado y a hora fija. La heroína de jeringuilla o la heroína de novela cumplen un papel semejante. Es difícil, por ello, mantener una lectura que no despierta algún tipo de emoción. En primer lugar, el interés. La intriga, el estar entre la trama, es esencial. Don Quijote elogia “las curiosas novedades que suspendan, alegren los sentidos”. Y el canónigo pide a los escritores que sean verosímiles, al tiempo que “facilitando los imposibles allanando las grandezas, suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas"
Todo esto lo proporcionan los distintos géneros narrativos, por ejemplo, el cine. La peculiaridad de la novela, como es obvio, es que utiliza sólo la palabra para provocar las emociones. Introduce el lector en un mundo lingüístico, que, como veremos, resulta indispensable para su vida.
José Antonio Marina y María de la Válgoma, La magia de leer. Plaza & Janés 2005.

jueves, 21 de enero de 2010

Calibrar nuestras capacidades.

Foto: Escaleras en Círculo de Bellas Artes de Madrid.

A veces, una meta posible en sí resulta imposible para una persona. En El motín del Caine, Humphrey Bogart representó el fracaso de un hombre que quiere mandar pero no sabe hacerlo. Después de muchos años de trabajo burocrático le nombran comandante de un barco de guerra. Se cumple así su gran anhelo, mandar, pero el cargo da el poder, no la perspicacia. Incapaz de distinguir lo trivial y lo importante, de comprender las motivaciones humanas, se enreda dando órdenes desatinadas, ignora cuándo ser rígido y cuándo ser flexible, y acaba provocando un motín por su obsesión en descubrir quién se ha comido un tarro de fresas sustraído de la bodega del barco. Calibrar de lo que somos o no somos capaces es tarea delicada. Si la meta es demasiado alta, la posibilidad de fracasar es muy alta también. Si es demasiado baja, muchas posibilidades del sujeto dejarán de desarrollarse. José Antonio Marina, La inteligencia Fracasada

martes, 19 de enero de 2010

José Antonio Marina.

Foto: Herramientas.

Peter Schmid estudió en los años sesenta las paradojas de las relaciones entre Japón y Estados Unidos. Japón se encontraba indeciso entre dos metas que se excluían mutuamente: seguridad y renuncia al poder. Escribió:
“El poder, como reza la conocida frase, es malo; por tanto, renuncio al poder, no del todo, pero sí hasta donde me es posible. Un amigo me protege. Es poderoso… y por lo tanto es malo. Por eso le desprecio, le odio y, sin embargo, tengo que tenderle la mano. Soy débil, porque quiero ser bueno… por eso mi amigo malo tiene poder sobre mí. Condeno lo que él hace como poderoso, pero tiemblo ante la posibilidad de que se derrumbe. Porque si se derrumba mi protector, como sería justo, porque es malo, caeré yo también, que soy bueno.” José Antonio Marina, La inteligencia Fracasada

lunes, 7 de septiembre de 2009

Sociedades estúpidas.

Sociedades estúpidas son aquellas en que las creencias vigentes, los modos de resolver conflictos, los sistemas de evaluación y los modos de vida, disminuyen la posibilidad de las inteligencias privadas. José Antonio Marina, La inteligencia fracasada.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Es que le amo...

Foto: Templo de Debod (Madrid)

Voy a transcribir un caso descrito por Walter Riso, Un terapeuta hispanoamericano. Una de sus pacientes le hace la siguiente descripción de su “relación amorosa”:
Llevo doce años de novia, pero estoy comenzando a cansarme… El problema no es el tiempo, sino el trato que recibo… No, él no me pega, pero me trata muy mal… Me dice que soy fea, que le produzco asco, sobre todo mis dientes, que mi aliento huele a…(llanto)… Lo siento, me da vergüenza decirlo… que mi aliento huele a podrido… Cuando estamos en algún lugar público, me hace caminar adelante para que no le vean conmigo, porque le da vergüenza… Cuando le llevo un detalle, si no le gusta me grita “tonta” o “retrasada”, lo rompe o lo tira a la basura muerto de furia. Yo siempre soy la que paga. El otro día le llevé un pedazo de torta y como le pareció pequeño, lo tiró al piso y lo aplastó con el pie… Yo me puse a llorar… Me insultó y me dijo que me fuera de su casa, que si no era capaz de comprar una mísera torta, no era capaz de nada… Pero lo peor es cuando estamos en la cama… A él le fastidia que lo acaricie o lo abrace… Ni que hablar de los besos… Después de satisfacerse sexualmente, se levanta de inmediato y se va a bañar…(llanto)… Me dice que no vaya a ser que lo contagie de alguna enfermedad… Que lo peor que le puede pasar es llevarse pegado algo de mí…
La queja de la pobre mujer tiene la intensidad de un relato de Borges. Podemos imaginar, a partir de estas líneas, el horror de la existencia. El terapeuta le pregunta: “¿Por qué no lo deja?”, y ella contesta entre apenada y esperanzada: “Es que le amo… Pero sé que usted me va a ayudar a desenamorarme…,¿no es verdad?” José Antonio Marina – La inteligencia fracasada.