martes, 7 de agosto de 2012

Nunca hemos sabido más, nunca recordado menos



Creo que estamos en un momento nuevo de la historia. Nunca hemos sabido más y nunca hemos recordado menos. La cultura siempre ha sido la herencia social, la consolidación y transmisión de la memoria. Mis alumnos, muy modernos, piensan que no hay que aprender lo que se puede encontrar (en Google, fundamentalmente). Enorme ingenuidad. Sin reactivar desde uno mismo su genealogía, el presente se puede usar, pero no entender, igual que los teléfonos móviles, los ordenadores, las leyes o los medicamentos. En todos esos casos, la inteligencia está en los objetos, no en el sujeto. Ellos nos guían hacia no sabemos dónde. Una de las razones de la crisis financiera que sufrimos es que los bancos estaban vendiendo productos financieros que casi nadie comprendía. Es un síntoma de una enfermedad más general. Hay un inconsciente personal y un inconsciente objetivado en los productos culturales. Nuestros lenguajes, costumbres, instituciones, leyes, saberes, adquieren su sentido a lo largo de un proceso constituyente, y si no lo conocemos, los usaremos con frivolidad o dogmatismo –que es la frivolidad de la bobería engreída.
Pero la apelación al pasado para descifrar la actualidad está desapareciendo. Vivimos en una hiperestesia de lo inmediato, en un actualismo flash. La moda es el paradigma de nuestra cultura. Conviene que todo sea de usar y tirar para no entorpecer el ciclo productivo. Sin duda, como escribió Paul Ricoeur, necesitamos “recuperar la cadena de nuestra memoria cultural”, pero para ello hace falta una paciencia incompatible con nuestro mundo acelerado. Para la ciencia, la técnica y el comercio lo actual es lo único valioso. No es necesario que un especialista en mecánica cuántica sepa quién fue Kepler, ni siquiera quién fue Max Planck. Y un experto en nanotecnología no necesita saber la historia del microscopio. Ambos pueden ejercer su profesión brillantemente sin esos conocimientos. Lo que resulta más problemático es si captan el sentido de su actividad, porque la comprensión supone, entre otras cosas, situar el presente en un largo y amplio dinamismo evolutivo, descubrir su genealogía, someterlo a un peculiar psicoanálisis histórico. De lo contrario podemos convertirnos en idiots savants (personas capaces de realizar determinadas proezas mentales pero que en todos los demás aspectos son retrasadas mentales). Esto es especialmente importante en lo que afecta a nuestros modos de vida. Comte-Sponville ha escrito: “Toda moral viene del pasado. Sólo hay moral fiel.” Tengo que precisar esta afirmación. Toda moral es fruto de una larga y dramática experiencia, y si olvidamos esa experiencia caemos en una “trivialización por desmemoria” o en una “ingenuidad por ignorancia”. Y ahí la inteligencia fracasa. Olvidamos que gran parte de las cosas que pensamos, sentimos y creemos son resultado de un largo proceso de invención, de descubrimiento o de ambas cosas, y que si desconocemos esto, desconocemos también por qué pensamos, sentimos o creemos lo que pensamos, sentimos o creemos.
Extraído de “Pequeño tratado de los grandes vicios” de José Antonio Marina. Editorial Anagrama.