miércoles, 8 de agosto de 2012

Esperanzas frustradas.

Edimburgo (Escocia) Foto Sebas Navarrete


La mayoría de las revueltas sociales que han tenido lugar en la historia se llevaron a cabo con el fin de restablecer una justicia que llevaba tiempo olvidada o maltratada. La Revolución Francesa, sin embargo, proclamó el principio de un Futuro Mejor para la humanidad.
A partir de entonces, todos los partidos políticos, de izquierdas o de derechas, se vieron obligados a prometer de continuo que la cantidad de sufrimiento existente en el mundo estaba en vías de ser reducida o iba a estarlo en breve. De modo que todo padecimiento pasó hasta cierto punto a recordar que había una esperanza. El sufrimiento –presenciado, compartido o padecido- seguía, claro está, siendo sufrimiento, pero podía ser trascendido en parte al sentirlo como un estímulo que ayudaba a esforzarse aún más por un futuro en el que dejaría de existir. Así, el sufrimiento tenía una válvula de escape histórica. Y durante estos dos últimos trágicos siglos, incluso se ha llegado a creer que la tragedia encerraba una promesa.
Hoy las promesas se han quedado estériles. Sería miope relacionar esta esterilidad únicamente con el fracaso del comunismo. Mayor relación guarda con la situación que vivimos hoy, en la cual los artículos de consumo han venido a sustituir el futuro como vehículo de esperanza. Una esperanza que ha demostrado ser inevitablemente estéril para sus clientes, y que, por una lógica económica inexorable, excluye a la mayoría del planeta. 
Extraído de “El tamaño de una bolsa” de John Berger. Editorial Taurus.