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sábado, 21 de mayo de 2011

Supervivientes









Fotos: Puerta del Sol y calle Preciados la pasada tarde del viernes 20 de mayo. Última foto, pasadas las doce de la noche, silencio y manos abiertas y arriba. 

Hubo un tiempo en el que la realidad imitaba al arte. Ahora imita a la tele. La campaña electoral se ha ajustado con precisión al modelo ético y estético de esos programas a los que no es necesario seguir para que te lleguen sus ecos. ¿Quién no conoce a Belén Esteban, aunque jamás la haya visto en la pantalla? De Supervivientes, por ejemplo, es casi imposible no saber que una de las concursantes hubo de abandonar el plató al desplazársele una prótesis mamaria. Los ecos de la campaña electoral, así como las propuestas de sus participantes, han sonado, casi sin excepción, a desplazamientos de prótesis mamarias. Quiere decirse que PP y PSOE han armado el alboroto mediático característico de los programas a los que acude Miguel Ángel Rodríguez, donde el sueldo de los tertulianos depende de su capacidad para la bronca. Y así se han mostrado exactamente los dos partidos bipartidistas, sabiendo que sus vidas y sus salarios ya no dependen de los votos, sino de la audiencia. Nunca creímos que se llegara a identificar al electorado con la audiencia televisiva, jamás que la realidad política se convirtiera en un plató cuyo único objetivo sería arrebatar al adversario el pedazo más grande de la tarta publicitaria. Ya en el colmo de la turbidez reinante (y quizá de la desesperación empresarial), Zapatero gritó en un mitin que no votáramos al PSOE por sus virtudes, sino por los defectos del PP. La teoría del mal menor, en fin, llevada a extremos morales hasta hace poco inconcebibles. ¿Cómo hemos llegado a esto? Y sobre todo: ¿Qué nos espera ahora? ¿Puede una persona sensata sentirse concernida por ese espectáculo de televisión de tercera? ¿Debe acudir como público y romper en aplausos o risas cuando el regidor lo ordene? ¿Qué hacer pasado mañana? ¿Votar por Supervivientes o por DEC? ¿Qué vendrá después de la publicidad?

“Supervivientes” Juan José Millás. El País 20 de mayo 2011.

sábado, 14 de mayo de 2011

Lorca


De súbito, la realidad se rompe y deviene en un puzle. La olla exprés aparece en el pasillo; el bote de champú y el tubo de la pasta de dientes, en el dormitorio; las pastillas contra la tensión alta han viajado hasta el aseo de la entrada; la foto de la boda, enmarcada en plata, asoma por debajo del sofá; los libros han caído todos al suelo, mezclándose la poesía con la novela y la novela con el ensayo. Los volúmenes de la enciclopedia, que se encontraban en la parte más alta de la librería, han volado en distintas direcciones, quebrando la armonía del orden alfabético. En el interior de los armarios empotrados, los calcetines se han mezclado con las corbatas y los calzoncillos con las camisas. Los trajes, tras desprenderse de las perchas, permanecen amontonados en un rincón, como cadáveres al por mayor. Algunas lámparas aparecen medio desprendidas del techo y la nevera, que se ha desplazado hasta el tendedero con su carga de cervezas, yogures, huevos, pollo frío y alimentos ultracongelados, comienza a liberar una mezcla inquietante de líquidos. Si te asomas a la ventana, la calle parece también un tablero de ajedrez al que alguien hubiera dado una patada. Pedazos de acera en medio de la calzada y una espadaña rota junto a un automóvil volcado. Bicicletas mutiladas, motos que se de-sangran por una llaga abierta en el depósito del aceite. Las personas también han sido removidas de sus lugares naturales, arrancadas de sus costumbres, de sus hábitos. Son las piezas del puzle más difíciles de resituar, las que más duelen. El terremoto ha descolocado sus ideas, sus emociones, sus afectos, sus planes para el futuro, además de su memoria del pasado. Duermen donde no es, comen donde no es, deambulan por donde no es, y perciben todos y cada uno de los pensamientos que atraviesan sus mentes como una forma de metralla. “Lorca” Juan José Millás. El País 13 de mayo 2011

sábado, 30 de abril de 2011

El otro



Para conservar la prisión de Guantánamo no es preciso ser un monstruo, basta con ser Obama. Tampoco es obligatorio ser un perverso para encarcelar al soldado Manning en vez de a quienes han cometido los crímenes sacados a la luz por él. Basta de nuevo con ser Obama. Si usted creía que para torturar a adolescentes o a ancianos con demencia senil se requería carecer de cultura, usted era un ingenuo. De esta tarea se han encargado en Guantánamo gente con titulación media y superior, personas con excelentes currículos académicos y de conductas personales intachables. Algunos han tenido que aprobar oposiciones más duras que las de juez, registrador de la propiedad o notario. Ese psiquiatra militar que observaba impasible cómo un preso se comía sus propias heces, se bebía el champú y embadurnaba con excrementos su cuerpo desnudo, era seguramente un tipo normal, incluso de una normalidad superior a la media, una normalidad fuera de lo común, valga la paradoja. No se extrañe usted, hay normalidades de este tipo. Aznar, por ejemplo, se definía a sí mismo como un radical de la normalidad y también como un extremista de centro. Si puede haber psiquiatras militares y obispos castrenses, es que no hay límites para la naturaleza humana. Podemos serlo todo. Bush pertenecía también a la categoría de normales máximos, cum laude. Pero créanme, no es preciso alcanzar tal grado de normalidad para concebir un espacio de horror como la cárcel medieval de Guantánamo. El propio Obama, que cuando la observaba desde fuera del Gobierno sentía por ella un asco sin límites (juró cerrarla en 10 meses), ha acabado aceptándola, ya ven. Y es que para ser sádico no hace falta, sorprendentemente, ser sádico. Basta con ser Obama. Quiere decirse que para ser el otro basta con ser uno mismo. En otras palabras, para ser bobo basta con ser listo. “El Otro” Juan José Millás. El País 29 abril 2011.

martes, 25 de enero de 2011

Los de siempre.


Esto parece un juego de mesa siniestro en el que a medida que avanzas aumentan las posibilidades de caer en la casilla de la muerte, en la casilla de la indigencia, en la de la inmigración, en la de las drogas, en la de la cárcel, en la del paro, en la de volver a empezar... Se da además la circunstancia de que cada uno de los jugadores utiliza un folleto de instrucciones distinto. Este señor de 55 años, por ejemplo, acaba de caer en la casilla del paro, de la que no es previsible que salga en mucho tiempo. Este de aquí también, pero este de aquí es diputado, de modo que el Congreso se hará cargo de sus cuotas de la Seguridad Social hasta que sea menester. ¿Por qué esa diferencia entre unos y otros? Ya se ha dicho: porque no juegan con las mismas reglas. A esta mujer, por poner otro ejemplo, le han caído ocho años de inhabilitación por prevaricadora, pero según su folleto de instrucciones tiene derecho a la protección del partido político al que pertenece. Ese otro individuo es un ladrón, pero juega con una carta secreta por la que le prescriben los robos antes del juicio. Y no nos importa nada, nada, porque en los juegos de mesa jamás llega la sangre al río.

Si la realidad fuera auténtica, y no este sucedáneo, las iniquidades en curso provocarían motines, huelgas, asonadas, revueltas, levantamientos ciudadanos... La realidad artificial, en cambio, produce mayormente resignación, de modo que cuando nos tienden una trampa los jugadores nos culpamos a nosotros mismos de lo ocurrido: esto me pasa por negro, o por pobre, o por ingenuo, o por inmigrante, o por alto, o bajo, o listo, o tonto, o escritor, o fontanero... No sabe uno con qué folleto de instrucciones educar a los vástagos. Es como si el horno viniera con mil normas de uso, todas contradictorias entre sí. El problema es que los que se asan son siempre los mismos. “Los de siempre” Juan José Millás, El País 21 de enero de 2011.

martes, 18 de enero de 2011

Enredos


La política actual es un vodevil en el sentido de que el escenario tiene varias puertas por las que aparecen y desaparecen personajes pintorescos que unas veces hacen de sí mismos y otras de sus contrarios. Nadie es lo que parece, o nadie parece lo que es, o todos son el mismo, no es fácil hacerse una idea ya que en cada escena se introduce un giro narrativo. Los guionistas han creado un enredo portentoso en el que los defensores del capital hablan como obreros y los representantes de los trabajadores se manifiestan como los jefes de personal del empresariado. Perplejos ante un espectáculo entretenido, aunque no siempre fácil de seguir, nos indignamos por la privatización de las hojas sin darnos cuenta de que el tronco (léase el Consejo de Ministros) lleva meses o años en manos del capital. Se ha hecho todo tan bien, con tal habilidad, que ni siquiera conocemos los nombres de los dueños, astutamente ocultos bajo el eufemismo de "los mercados".

Así las cosas, los socialistas dicen lo contrario de lo que dirían en la oposición y los populares lo contrario de lo que dirían en el Gobierno. Cada uno le hace el trabajo sucio al otro en una especie de hoy por ti, mañana por mí, pues ya sabemos que la democracia implica la alternancia en el poder y todo eso. Por si fuera poco, acaban de introducir en el guión la idea de que Zapatero se está inmolando por los parias de la Tierra, la famélica legión, etcétera. Comprendiendo que no hay alternativa al sistema (o que él no la ve), ha decidido sistematizarse y sistematizarnos ante la mirada libidinosa de Rajoy, al que sin comerlo ni beberlo le va a caer la empresa reconvertida. No se inmole usted, no por nosotros, hágalo si quiere por el sistema, pero déjelo claro. No añadamos a la deuda hipotecaria una deuda moral contradictoria. Incluso el vodevil tiene sus límites. “Enredos” Juan José Millás. El País 14 de enero de 2011.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Estamos locos

En las librerías analógicas entra cada día un ejército de gente con el objetivo expreso de no comprar. Decimos que son no compradores activos porque antes de decidirse a no comprar hojean largamente el libro que no les interesa. Cabe suponer que este tipo de consumidor inverso, al llegar a casa, y cuando su cónyuge le pregunta de dónde viene, le responde que de no comprar unos libros. ¿Y cuáles no has comprado? Pues no he comprado el de Auster, ni el de Ken Follet ni el de Almudena Grandes, ni el de Vargas Llosa... No comprar fatiga mucho, sobre todo si te pasas una tarde entera no comprando a Cervantes, Tolstói, Flaubert, Dostoievski, Kafka, Joyce... Creo que los libreros detestan a este espécimen porque ocupa mucho espacio, utiliza el servicio y deteriora la mercancía.

Las librerías digitales están llenas, en cambio, de clientes cibernéticos cuyo deseo es adquirir nuevos títulos para su iPad. Pero tampoco compran, en este caso porque el librero digital se resiste. Si usted lleva siete días intentando descargarse, previo pago, un libro electrónico y aún no lo ha logrado, no es porque usted sea un idiota, créame. No nos atreveríamos a decir quién es el idiota, pero alguno o algunos hay. Resulta increíble que las editoriales más grandes de nuestro país hayan creado una plataforma gigante de libros digitales cuyo objetivo parece ser el de no vender libros digitales. El problema es que lo disimulan porque usted no se da cuenta de que no quieren venderle hasta el quinto o sexto paso, o hasta la quinta o sexta librería cibernética. Entonces, cuando ya está a punto de estrellar su iPad contra el suelo, llega el típico cuñado listo y le aconseja piratear el libro, que es coser y cantar. Si la famosa plataforma se ha creado en realidad para no vender, que se ponga de acuerdo con los no compradores del primer párrafo. Artículo de Juan José Millás “Estamos locos” en El País el 17 de diciembre de 2010.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Ya os vale



Niño herido, en Irak- JEAN-MARC BOUJU



Cada vez están más claras las atrocidades cometidas en la invasión de Irak. Y los responsables, lejos de mostrar arrepentimiento, repiten que harían lo mismo una y mil veces.

A medida que pasa el tiempo, y no solo por la publicación de los documentos secretos, se hace más evidente que la invasión de Irak, llamada impropiamente guerra, fue un crimen consciente y múltiple. Miles de civiles fueron asesinados o mutilados, cuando no concienzudamente torturados o placenteramente violados. Hombres, mujeres, adolescentes, niños, todos servían para hacerse el machote, para presumir de bíceps o de abdominales. Los autores de la masacre se encuentran todavía en libertad, cruzan fronteras sin problemas, descansan los pies en las salas de autoridades de los aeropuertos, escriben libros de los que obtienen sustanciosos anticipos, dan conferencias a precio de oro, y cuando se refieren al tema, lejos de mostrar arrepentimiento, aseguran que harían una y mil veces lo mismo, es decir, mil veces, amparándose en mentiras, bombardearían un país, mil veces destrozarían sus museos, sus edificios públicos, sus viviendas privadas, mil veces fundarían centros de tortura, mil veces azotarían a los prisioneros, mil veces les aplicarían descargas eléctricas en los genitales, mil veces, para disimular, pagarían las piernas ortopédicas de uno o dos niños, mil veces harían negocio con la reconstrucción de lo destruido, mil veces se llevarían a la cuenta corriente los beneficios del desastre. No hay psicópata asesino, en ninguna cárcel del mundo, capaz de alardear tanto de sus crímenes. Y como de muestra vale un botón, aquí tienen a un prisionero iraquí abrazando a su hijo en un campo de prisioneros de EE UU. Ya os vale, Aznar, Bush, Blair y compañía. Publicado en el País Semanal el domingo 5 de diciembre 2010.

sábado, 27 de noviembre de 2010

Ánimo, colegas



El Papa representa un poder sobre el que no ejerce ningún control. La Iglesia, ha dicho, carece de capacidad de ordenar a las mujeres (aunque sí de darles órdenes, añadimos nosotros), porque se trata de una decisión del mismísimo Dios que él, aunque no comparta ("no se trata de que no queremos"), debe acatar. Zapatero podría copiar literalmente el discurso de Ratzinger para justificar su política económica. No se trata de que queramos bajar las pensiones, es que el Mercado, a quien servimos, nos obliga. El Papa y Zapatero dependen de instancias superiores cuyos designios son inapelables. Cuando Dios dice que el condón es bueno para el burdel, pero malo para la cama de matrimonio, es como cuando el Mercado asegura que cierto grado de socialismo tiene gracia (como juego infantil) cuando los poderes financieros deciden fabricar productos basura con los que hacer caja, aunque se debe perseguir a la hora de pagar la factura.

La política ha devenido en una disciplina tan absurda como la teología. Nadie ha visto a Dios, tampoco al Mercado, pero el sentido profundo del sexo, dice Dios por boca del Papa, es la reproducción como el sentido profundo de la economía, dice el Mercado por boca de Zapatero, es el enriquecimiento personal de unos pocos. De ahí la condena a los homosexuales y la prohibición de una fiscalidad justa. Ello hace que Ratzinger y Zapatero se digan y se desdigan todo el rato. Si fueran juiciosos, dimitirían alegando que no entienden nada. La curia romana está llena de cardenales dispuestos a aceptar el absurdo divino y la política española, de políticos encantados de llevar la injusticia social a los extremos por los que nos despeñamos. Si dimitieran, devendrían en héroes, incluso en santos. Paradójicamente, lograrían que mucha gente volviera a creer en el socialismo y en Dios. Ánimo, colegas.

Ánimo, colegas. Juan José Millás. El País 26 noviembre 2010.

sábado, 23 de octubre de 2010

Deudas


Yo debo de ser medio ecuatoriano porque también estaba convencido de que cuando pedimos un préstamo al banco, respondemos de él con el bien hipotecado. Creía, pues, que lo peor que podía ocurrirme si dejaba de abonar la deuda era perder el piso, que no es moco de pavo. Y resulta que no, resulta que si por azares de la vida o de la burbuja económica que te haya tocado no puedes hacer frente al compromiso adquirido, el prestamista te arrebata el inmueble, lo saca a subasta frente a un grupo de facinerosos que se ponen de acuerdo en pujar por mucho menos de lo que vale, y luego te reclama la diferencia entre lo obtenido y lo que te quedaba por pagar. Quiere decirse que además de dejarte en la calle te roban la camisa. Ahora mismo, cientos o miles de ecuatorianos, a los que los bancos persiguieron para regalarles créditos llenos de letra pequeña, se han quedado sin casa, adquiriendo a cambio una deuda inhumana. Los acreedores envían emisarios a sus pueblos para arrebatarles hasta sus pobres propiedades de ultramar. Cuando las entidades financieras han tenido dificultades, también los impuestos de los ecuatorianos han servido para sacarlas a flote. Cuando las tienen ellos, los señores de las carteras negras acuden a picotear como buitres en sus vísceras. Los españoles estamos convencidos de que no somos ecuatorianos, como si no supiéramos por experiencia que hay días en los que uno se levanta español y días en los que se amanece sueco. De hecho, llevábamos varios años viviendo como suecos y de repente hemos devenido en unos PIGS de mierda. Lo de los ecuatorianos, pues, debería advertirnos (primero vinieron a por los ecuatorianos, pero yo no era ecuatoriano).
Esperamos que a los bancos no se les ocurra contratar a Alicia Sánchez Camacho como señora del frac. Bastante la han sufrido ya los rumanos. Juan José Millás. Deudas. El País, 22 de octubre de 2010.

viernes, 15 de octubre de 2010

Nuevo ejército


Esa fotografía en la que Zapatero explicaba humildemente a los señores de Wall Street las medidas que habíamos tomado para calmar su ira, es terrible. El ruido de sables ha sido sustituido por el de la ladronera, pero los golpes de Estado siguen siendo golpes de Estado, los dé un general o un financiero. Sometida al fin la institución castrense al poder civil, los políticos se humillan ahora ante los coroneles de la Bolsa. Si hubiéramos visto a nuestro presidente en semejante actitud frente a los generales del Alto Estado Mayor, nos habríamos echado las manos a la cabeza. Quiere decirse que las pistolas han sido sustituidas por corbatas de seda y los uniformes verdes por trajes de Armani. El resultado final es que a usted y a mí nos aprietan las tuercas (si tenemos la fortuna de que todavía haya margen para apretárnoslas).

A todo esto, hablamos de la globalización como de un tropismo en cuyo crecimiento no hubieran intervenido decisiones políticas de ninguna clase. Aceptamos como inevitable la existencia de los mercados globales al tiempo de afirmar su ingobernabilidad. En otras palabras, ni somos responsables de su aparición ni tenemos margen de maniobra alguno para corregir sus atropellos. He aquí la gran trampa intelectual del fenómeno. Dado, pues, que lo que sufrimos es un desastre natural y no un atraco pistola en mano, los políticos peregrinan hasta los nuevos cuarteles, donde son recibidos por los dioses del dinero, a quienes prometen el sacrificio de equis doncellas y de tantos jóvenes para apaciguar sus ánimos. Pero cuantos más sacrificios les ofrecemos, más se enfadan. No habíamos terminado de rescatarlos de su bancarrota con el dinero del contribuyente (el de usted y el mío) y ya estaban solicitando más vírgenes, más jóvenes, menos déficit. ¿Cómo se somete a un ejército de esta naturaleza? Nuevo ejército. Juan José Millás. El País 15 de octubre de 2010.

lunes, 11 de octubre de 2010

Números

El pin del móvil y el puk del módem, la contraseña de iTunes, el teléfono fijo de mamá, el prefijo de Asturias, la clave de acceso al cajero automático, la matrícula del coche, el número del DNI, la inflación interanual, el producto interior bruto, el diferencial de la deuda, la talla de los pantalones y la ropa interior, las dimensiones de la pena, los 31 días de enero y los 28 de febrero, tu cumpleaños, nuestro aniversario y el del fallecimiento de papá, el tiempo de cocción del huevo duro y la caducidad del yogur, las cucharadas diarias de jarabe, la cantidad de sal, el valor de referencia de la urea, las pulsaciones por minuto, la temperatura del microondas, las horas de insomnio, la línea 5 del metro y el vía crucis de las 12 estaciones, los dígitos de la hipoteca, el IVA, el IRPF, el Euríbor, el tanto por ciento de descuento, los puntos de la tarjeta de Iberia, la hora de entrada, la numerología china, los honorarios del dentista, los dedos de la mano, los pelos de la cabeza (pocos), los pares de calcetines, la cuenta del supermercado, el cuentakilómetros, el cuentarrevoluciones, el contador del gas, de la luz, las páginas de Anna Karenina, los volúmenes de la enciclopedia Espasa, el limitador de velocidad, los metros cuadrados construidos y los hábiles, los cuartos de baño, los puntos de luz, el salario bruto y el líquido, los años de cotización, el tiempo de carencia, la tercera temporada de Mad Men, la cuarta de El ala Oeste de la Casa Blanca, la quinta de Los Soprano, el control del peso, el podómetro, el metrónomo, los litros de agua consumidos, los goles del domingo, el porcentaje de seguimiento de la huelga según los sindicatos, según la policía, según el Gobierno, la patronal o Dios, el décimo de Navidad (que acabe en 7), la indemnización por año trabajado. Y la sala 10 del tanatorio, por ejemplo. Juan José Millás. Números. El País, 1 de octubre de 2010.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Versión original.


Nuestros impuestos sostienen ya una realidad social que ni comprendemos ni nos comprende. Entre esa realidad y lo que nos cuentan sobre ella hay una falta de sintonía atroz, como cuando en el cine la banda sonora va por detrás de la imagen. Peor aún: basta encender la tele, abrir el periódico o intercambiar unas palabras con el taxista, para advertir que vivimos dentro de una película a la que un técnico de sonido loco ha acoplado la banda sonora de otra. La verdad es que el técnico no está loco, recibe órdenes de sujetos que, al ser incapaces de hacer bien su trabajo, aplican a los hechos palabras que no son.
Escuchas las justificaciones de un individuo que ha dejado asfixiarse a dos ancianos dementes dentro de una furgoneta con los cristales tintados (¿por qué los cristales tintados?), y te dices que algo no encaja en la noticia, primero porque el demente es el que olvida a dos viejos atados con correas a una silla de ruedas y, segundo, porque si alguien que acaba de cometer tal salvajada es capaz de expresarse con ese desparpajo, es que vivimos entre alimañas. Han implantado al director de la residencia de Ciempozuelos una banda sonora que pertenece a otra situación, lo mismo que a Zapatero cuando justifica los ardores xenófobos de Sarkozy, a los socialistas de Benidorm cuando eligen para la alcaldía a un tránsfuga de su propio partido, o a todo el PP valenciano que, con un pie en los juzgados, se manifiestan como los paladines de la honradez. ¿Y dónde, por Dios, fabrican las alucinantes bandas sonoras con las declaraciones de Cospedal o de Rajoy?
Vivir dentro de una novela realista cuyos personajes mantienen diálogos de relato experimental es un ejercicio de esquizofrenia agotador. Casi mejor que nos comunicáramos con subtítulos ilegibles, como si perteneciéramos a una película asiática en versión original. Juan José Millás. El País 24/09/2010.

martes, 22 de junio de 2010

Las palabras


"Las palabras nos hacen y nos deshacen. Tienen un significado dentro de ti y otro fuera, los diccionarios se refieren al término 'vagina' como un conducto de paredes membranosas que en las hembras de los mamíferos se extiende desde la vulva hasta el útero. Pero si la vagina no fuese más que eso: qué interés, por Dios, íbamos a tener los hombres en meternos en ellas y con la desesperación que lo hacemos, como si nos fuera la vida en ello". Juan José Millás. El País, 19 noviembre 2009.

lunes, 17 de mayo de 2010

¿Hay personas reales?



Autor de la foto: José Luis Rodríguez

A esta fotografía le dieron y le quitaron un premio importantísimo en cuestión de días. Se lo dieron por haber captado a un animal salvaje en pleno vuelo, y se lo quitaron porque el lobo era un actor, de nombre Ossian. El suceso nos trajo a la memoria Muerte de un miliciano en Cerro Muriano, la famosa fotografía de Robert Capa, también tachada ahora de falsificación de la realidad. Y aquella otra (sin título, creo) de Agustín Centelles donde unos hombres disparan parapetados tras los cuerpos de dos caballos abatidos: también estaba, por lo visto, preparada. Por no mencionar la del hijo de Adolfo Suárez en la que se ve a éste y al Rey, de espaldas, caminando hacia el fondo de un jardín: parecía tan espontánea porque era de atrezo.

Cuatro representaciones importantes, en fin, y las cuatro falsas. Da que pensar. Quizá a estas alturas la realidad toda sea una copia. Esa lubina "salvaje" que nos acaban de servir en el restaurante de moda era en realidad de criadero. Y esa merluza "fresca" estaba congelada. Y ese subsecretario es un subsecretario de pega, lo mismo que ese juez o ese escritor o ese guardia civil o ese pediatra. Tú mismo, si lo piensas, eres un impostor, una copia, un plagio, sí, pero ¿de qué? No resulta fácil, en un mundo donde todo es ilusión de realidad, averiguar dónde queda la realidad verdadera. En el caso, claro, de que la expresión "realidad verdadera" no sea un disparate. A un servidor, la fotografía del lobo "salvaje" saltando la cerca de madera le gusta, aunque el animal finja lo que no es. ¿Acaso hay alguien real? Juan José Millas. El País Semanal. 16 de mayo 2010.

viernes, 30 de abril de 2010

Cuñados


Los españoles no nos quejamos tanto de las instituciones del Estado como las instituciones del Estado se quejan de nosotros, y eso que nos cuestan un ojo de la cara. María Emilia Casas, presidenta del Constitucional, se lamentaba el otro día de la "intolerable campaña de desprestigio emprendida desde ciertos sectores políticos y mediáticos" contra el alto tribunal. A uno le parece que hablar de "ciertos sectores políticos y mediáticos" es como hablar de los extraterrestres. Le digo yo a mi psiquiatra que me persiguen "ciertos sectores políticos y mediáticos" y da por hecho que se trata de un delirio de persecución (sufro tres o cuatro al año). En fin, que todo se ha vuelto muy confuso. Si perteneces, como un servidor, a la clase media intelectual del país, las pasas moradas para formarte un criterio respecto a las cosas más nimias. ¿Debo estar en contra o a favor del uso público del velo islámico? Ni idea, y no por falta de información (me he tragado unos cien artículos), sino por un exceso de ella. De hecho, no hay cuñado que no sepa cómo resolver el asunto, pero los cuñados son, de toda la vida, una fuente de confusión. El problema es que los jueces del Constitucional se comportan ya como cuñados. El otro día vimos a tres de sus miembros en los toros, fumándose un puro junto a uno de Los Morancos. No es que pretendamos equiparar la discusión sobre el hiyab a la de los toros, pero sabiendo como saben estos señores la polémica que tenemos sobre la fiesta nacional (¡o de la nación!), deberían cortarse un poco. Es como si María Emilia Casas hubiera formulado las quejas señaladas más arriba con la cabeza cubierta por un velo. Un poco de sensibilidad, por favor, un poco de sindéresis (qué rayos querrá decir sindéresis). Y dejen de tratarnos como si fuéramos los maridos de sus hermanas o las mujeres de sus hermanos. Juan José Millás. El País, 30 abril 2010.

sábado, 24 de abril de 2010

Desastre

Los miembros del Constitucional deberían aceptar que si en cuatro años han sido incapaces de decidir si un texto se ajusta o no a derecho, algo raro les pasa a ellos, aunque culpen al texto. En cuatro años se pueden ganar dos oposiciones a juez, se pueden tener varios hijos, se puede escribir una obra maestra, se puede uno morir 200 veces. En cuatro años un niño se convierte en adolescente, un adolescente en joven, un joven en un hombre. En cuatro años se puede uno casar y descasar, puede aprender inglés, hacerse experto en vinos, arruinarse, enriquecerse, reproducirse, morirse y descomponerse dentro de la tumba. Cuatro años dan para mucho, por favor. Estamos hablando de cuatro navidades, cuatro Semanas Santas, cuatro cursos escolares, cuatro vacaciones de verano. No quiere uno pensar que los jueces del Constitucional no trabajen, pero deberían explicar por qué trabajan tan despacio, por qué van a ese ritmo. A veces da la impresión de que su reino no es de este mundo.

Y no es en lo único en lo que se parecen al Vaticano. Uno puede imaginarse a muchos de sus miembros ejerciendo de Papa y al Papa ejerciendo de juez del Constitucional. Hablan igual, argumentan igual, se relacionan con los pobres mortales igual y seguramente tienen las mismas inclinaciones políticas. Sin saber nada de leyes, piensa uno que el Constitucional debería funcionar como un individuo. A mí me dan a juzgar el Estatut (Dios no lo permita) y me gusta o no me gusta, o me gusta y no me gusta a la vez, lo que implicaría negociar conmigo mismo. Pero si me pagan por eso, no me levanto de la mesa hasta conseguir un pacto. El Constitucional no puede mostrarse como una instancia esquizofrénica, con dos o tres vidas incompatibles en marcha. Si no logra alcanzar acuerdos consigo mismo, que se pegue un tiro en vez de pegárnoslo a nosotros. Desastre. Juan José Millás. El País, 23 de abril 2010.

sábado, 20 de febrero de 2010

Una decisión ideológica.

Tras abrirnos paso a machetazos por el interior de una selva de palabras a la que no llegaba ni la luz del sol, nos ha parecido entender que la solución a la crisis pasa por hacer recuento de cuanto poseemos (nuestro salario, nuestro paro, nuestra jubilación, nuestro piso, nuestro coche, nuestra Seguridad Social, nuestros ahorros), para valorarlo a la baja. Como no es posible devaluar la moneda, será preciso devaluar todo lo demás, incluida la autoestima. Donde creíamos que teníamos cien, deberemos aceptar que tenemos setenta. Quienes medían 1,80, tendrán que conformarse con 1,50. Quienes comían en restaurantes de cuarenta lo harán hasta nueva orden en tascas de diez. Y así de forma sucesiva hasta regresar al tamaño anterior, del que quizá, como de nuestro pueblo, no deberíamos haber salido. Pero no todo disminuirá. Si usted debía mil más los intereses, continuará debiendo mil más los intereses (deuda a la que tendrá que añadir los intereses de los intereses). Parecería lógico que si su piso vale ahora un 20% menos que cuando lo compró, la hipoteca se redujera en un porcentaje similar. Pero no intente usted introducir la lógica donde impera la explotación.
No nos engañemos, pues. Debajo de todos esos discursos enmarañados sólo late una pregunta: ¿a quién empobrecer para recuperar nuestro tamaño verdadero? ¿A quién recortar las piernas, los salarios, las pensiones, las medicinas, la enseñanza? Se trata, como ven, y por muchas palabras que se coloquen sobre el asunto, de una decisión ideológica. En este país hay mucho, muchísimo dinero, ya que la acumulación de capital fue obscena durante los años de la burbuja. Pero está concentrado en unas pocas manos. Déjense de discursos y digan cuánto van a poner de su bolsillo, en este duro regreso a la realidad, esos señores que se jubilan con 80 millones de euros. Juan José Millás. El País 19 febrero 2010.

sábado, 6 de febrero de 2010

Alevosías.

Ese individuo que a las cuatro de la madrugada, armado de un cuchillo, entró furtivamente en la vivienda de su ex esposa, carecía, por lo visto, de mala intención (alevosía, en términos técnicos). ¿Que actuó mal? De acuerdo. No se debe pisotear el cuello de una mujer hasta dejarla tetrapléjica, mucho menos en presencia de los hijos. Ahora bien, digámoslo todo: es cierto que allanó la morada, pero sin mala intención. Que portaba un arma blanca, pero sin mala intención. Que sorprendió a la víctima mientras dormía, pero sin mala intención. Que la golpeó y la arrojó al suelo, pero sin mala intención. Que le retorció el cuello hasta creerla muerta, pero sin mala intención... Por Dios, ¿qué leen en sus horas libres los jueces del Tribunal Supremo? ¿Qué tipo de publicaciones esconden entre las páginas de los voluminosos libros de consulta que tapizan las paredes de sus despachos? ¿Qué les ha hecho la vida? ¿Quién los trató mal?
No obstante, y dada la madurez que se supone a estos profesionales de la justicia, cabe pensar que también ellos actuaron sin mala intención (sin alevosía, en términos técnicos). Estudiaron detenidamente el asunto, contaron las patadas propinadas a la mujer, calcularon su intensidad, quizá el grado de emoción que puso el maltratador en todas y cada una de ellas, y determinaron, con la mayor nobleza del mundo, que no había habido mala intención. Tal vez, añadimos nosotros, ni siquiera hubo, pese a la hora de autos, nocturnidad. ¿Cómo es posible que una ausencia tal de malas intenciones hiciera tanto daño? Si no hubo mala intención en el verdugo ni mala intención en quienes lo juzgaron, ¿dónde deberíamos buscar el origen de todo este cúmulo de desgracias? Lo han adivinado ustedes: en la víctima, sí, que debió de provocar de algún modo sutil a ese pobre ex marido cargado de buenas intenciones. Alevosías – Juan José Millás. El País 5 de febrero de 2010.

sábado, 30 de enero de 2010

Premio Don Quijote de Periodismo

Un adverbio se le ocurre a cualquiera. Con este artículo Juan José Millás ha ganado el premio Don quijote de Periodismo. Hemingway cobraba los artículos por palabras. A tanto el término, lo mismo daba que fueran adjetivos que sustantivos, preposiciones que adverbios, conjunciones que artículos. No recuerdo de dónde saqué esa información, hace mil años (cuando ni siquiera sabía quién era Hemingway), pero me impresionó vivamente. En mi barrio había una tienda de ultramarinos, una mercería, una droguería, una panadería, una lechería… Pero no había ninguna tienda de palabras. ¿Por qué, tratándose de un negocio tan lucrativo, como demostraba el tal Hemingway? Para vender leche o pan, pensaba yo, era preciso depender de otros proveedores a los que lógicamente había que pagar, mientras que las palabras estaban al alcance de todos, en la calle o en el diccionario. Imaginé entonces que ponía una tienda de palabras a la que la gente del barrio se acercaba después de comprar el pan. Sólo que yo las vendía a precios diferentes. Las más caras eran los sustantivos, porque sustantivo, suponía yo, venía de sustancia. Si la sustancia de una frase dependía de esta parte de la oración, lo lógico era que valiera más. Después del sustantivo venía el verbo y, tras el verbo, el adjetivo. A partir de ahí, los precios estaban tirados. Cuando un cliente, en mis fantasías, compraba tres sustantivos, le reglaba cuatro o cinco conjunciones, para fidelizarlo. Mi padre, que era agente comercial, utilizaba mucho el verbo fidelizar. ¿De dónde, si no, iba a sacar yo esa rareza gramatical? En mi tienda imaginaria había también un apartado de palabras inexistentes, para gente caprichosa o loca. Aún recuerdo algunas: copribato, rebogila, orgáfono, piscoteba, aguhueco, escopeja… El negocio imaginario iba bien. Todo el mundo necesitaba mis palabras. Al poco de inaugurar la tienda tuve que contratar dos empleados porque no daba abasto. Luego compré el piso de arriba para ampliar el negocio, pues llegó un momento en el que la gente me pedía también frases. Puse en el sótano un taller con cuatro gramáticos que se pasaban el día construyendo oraciones. Las había de muchos precios, claro. Las frases hechas eran las más baratas. Recuerdo, entre las que tuvieron más éxito, en boca cerrada no entran moscas y no rascar bola, pero a mí me gustaban mucho también leerle a alguien la cartilla, ser un hueso duro de roer, chupar cámara, pelillos a la mar, o mi sastre es rico. El precio de las frases aumentaba a medida que resultaban menos comunes, o más raras. Por alguna razón que no llegué a entender, había mucha demanda de frases absurdas. Me duelen los zapatos, por ejemplo, los espejos fabrican harina orgánica, o las cremalleras son menos sentimentales que los botones. Con el tiempo tuve que crear un departamento dedicado de manera exclusiva a la construcción de frases absurdas. La idea de la tienda de palabras y frases me resultó muy liberadora, pues siempre pensé que ganarse la vida era condenadamente difícil. El mayor miedo de mi infancia era el de acabar en una esquina, vendiendo pañuelos de papel. Un día que mi madre, tras suspirar con expresión de lástima, se preguntó en voz alta qué iba a ser de mí, le dije que no se preocupara, pues había decidido que iba a poner una tienda de palabras. Tras meditar unos instantes, me dijo que eso era un disparate y que debía poner mis energías en cuestiones prácticas. Ahí acabó mi sueño de vender palabras. Luego, de mayor, comprobé que los anuncios por palabras constituían un capítulo muy importante en la cuenta de resultados de los periódicos. Pero no le dije nada a mamá, para que no se sintiera culpable. De todos modos, acabé viviendo de las palabras. No tengo una tienda abierta al público, tal como soñaba entonces, pero me levanto por las mañanas, las ordeno en un papel, las envío al periódico o a la editorial y me pagan por ellas. A tanto la pieza. Una pieza es un artículo. El término pieza se utiliza también entre los cazadores para denominar a los animales abatidos. La semejanza es correcta, pues escribir un texto se parece mucho a cazarlo. De hecho, con frecuencia se nos escapa. La otra noche, en la cama, con los ojos cerrados, pasó volando por mi bóveda craneal un artículo estupendo. Me levanté, cogí un cuaderno que tengo en la mesilla, apunté con el bolígrafo, pero la pieza había desaparecido. Desde la utilización masiva de los ordenadores, contamos los artículos por palabras. Éste que están ustedes leyendo tendrá unas 4.700. Puedo calcular a cuánto me sale la palabra y decir que cobro en plan Hemingway. Pero me sigue pareciendo mal que me paguen lo mismo por un sustantivo que por un adverbio.

viernes, 15 de enero de 2010

Sombras.

¿Y no habría preferido usted fracasar como arquitecto en vez de haber fracasado como actor de cine?, pregunta, en la mesa de al lado a la que yo apuro el gin-tonic de media tarde, una chica joven a un hombre maduro. Entre ambos, un magnetofón encendido. Observo de reojo al hombre maduro, pero no me suena su cara. Tampoco la de la reportera. En cualquier caso, la pregunta, por diabólica, me obliga a reflexionar. Si yo tuviera que elegir una forma de fracaso alternativa a las que me han sido impuestas, ¿por cuál optaría? Se trata de un ejercicio extraño, como elegir el número de la lotería con el que me gustaría perder o la jugada de póquer con la que preferiría arruinarme. Siempre me gustó San Manuel Bueno, el personaje de Unamuno que tras dejar de creer en Dios, y quizá por eso, se convertía en un sacerdote ejemplar. He ahí un fracaso noble.
Continúo atento a la conversación. El actor de cine fracasado tarda en responder a la reportera pérfida. Finalmente dice que si pudiera elegir optaría por fracasar como fracasado. Parece un juego de palabras, un ardid para escapar de la encerrona, pero quizá en la respuesta haya alguna sustancia. Me pregunto si fracasar como fracasado equivale a un fracaso doble y me viene a la memoria un título de Julio Ramón Ribeyro: La tentación del fracaso. ¿Acaso es esta tentación más fuerte que la del éxito? ¿Es más sana, más estimulante? ¿Nos previene de algún tipo de desengaño? Un amigo de juventud aseguraba que el éxito era una forma de traición. ¿Sería entonces el fracaso un modo de fidelidad? ¿Y de fidelidad a qué? Oscurece al tiempo que se deshacen los hielos en mi vaso. La calle se llena de sombras poco a poco. Pido otro gin-tonic. La reportera mira el reloj y decide rematar la entrevista preguntando al actor fracasado por su vida actual. Cuido de una nieta, dice él. Sombras. Juan José Millás. El País 15 enero 2010.