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jueves, 28 de octubre de 2010

Oriente y occidente



Como es sabido, los tres inventos decisivos para el paso de la Edad Media a la Edad Moderna fueron la pólvora, la brújula y la imprenta. La pólvora permitió acabar con los castillos, con el feudalismo; la brújula permitió las grandes navegaciones, poder cruzar los océanos y la imprenta permitió la difusión de las ideas. Pues resulta que los chinos tenían esos tres inventos desde mucho antes, pero no usaban la pólvora para la guerra sino para fuegos artificiales. Para un chino batirse con un artefacto tan ordinario como la pólvora era un acto indigno de un ser humano. La brújula también la conocían pero no la usaban, porque según su concepción de la vida, todo lo que necesitaban lo tenían dentro, ¿para qué salir? No sentían la menor necesidad de cruzar océanos para conquistar nuevos mundos. A ese propósito, hay una carta muy curiosa en el siglo XVIII, un rey de Inglaterra en la que le anuncia la visita de un mandatario suyo al emperador de China por cuya embajada le envía unos regalos, le propone entrar en relaciones y le ofrece colaboración para cuanto pueda serle necesario. La respuesta del emperador fue: “China no necesita nada de nadie”. Es decir con brújula y todo, vivían dentro de sus fronteras sin necesidades de conquista o integración en el resto del mundo.
Y en cuanto a la imprenta, los chinos usaban unos bloques de madera para la imprenta, pero el arte de la caligrafía les parecía algo muy superior y tan extraordinario que lo preferían mil veces a la tosquedad de la huella de los bloques.
A nosotros, en cambio, la economía nos impone la rentabilidad, la productividad, la eficacia y a ellas se sacrifica todo lo demás. Aquí las emociones son “cosas de mujeres”, “romanticismo trasnochado”. Los valores que utilizan los economistas, el dinero por ejemplo, no es un valor humano, es un instrumento, pero no un valor humano. Los valores humanos, la dignidad, el amor, la amistad, el honor, no son mensurables. Extraído de La ciencia y la vida de Valentín Fuster y José Luis Sampedro con Olga Lucas. Editorial Debolsillo.

jueves, 21 de octubre de 2010

Salud


Salud es un término relativo. La salud, en realidad, no existe o sólo existe en términos relativos. Todos tenemos alguna que otra deficiencia. Alguien definió a la persona sana como “paciente no explorado”. El que no tiene alto el colesterol, tiene anemia, la nariz tapada o cualquier otra cosa, pero como es sabido nobody is perfect (nadie es perfecto). Todo el mundo tiene una salud que se puede porcentuar cuantificar de más o menos, pero todo el mundo tiene un grado de “no salud”. Por eso cada cual debe aceptar sus condicionantes. Extraído de La ciencia y la vida de Valentín Fuster y José Luis Sampedro con Olga Lucas. Editorial Debolsillo.

martes, 19 de octubre de 2010

El orden natural


En aquellos tiempos, en los años cincuenta, se enseñaban cosas como que la familia es el orden natural de la sociedad. Pues bien, yo empezaba mis primaras clases diciendo algo, para mí, fundamental; les decía a mis alumnos: “Si yo tuviera facultades mágicas para transformar a los españoles les levantaría a todos la tapa de los sesos (en sentido metafórico, naturalmente), y metería dentro un papelito que dijera: “el orden natural no es natural”. Es decir, no me acepten ustedes la trampa del orden natural”. Esto les decía y recalcaba hasta la pesadez: “No me acepten ustedes la trampa del orden natural”. ¿Por qué le doy tanta importancia? Porque definir al matrimonio, la jerarquía, la monarquía o lo que quieras como orden natural, permite inmediatamente perseguir como enemigos y antinaturales o aberrantes a todo el que no está de acuerdo. Pues no señores, eso no es orden natural, son conceptos creados por nosotros que podemos modificar. Extraído de La ciencia y la vida de Valentín Fuster y José Luis Sampedro con Olga Lucas. Editorial Debolsillo.