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lunes, 19 de julio de 2010

Ibiza XIII. Verano 2010

Foto: Cala d' Hort. Ibiza

Claudio Magris comentaba en un artículo periodístico “Foto de agosto”, un suceso acontecido en la costa de Barcola, en Trieste. Un hombre se ahogó mientras estaba nadando en esa costa. En espera de ser evacuado, el cadáver quedó tumbado en la orilla y cubierto por una toalla. Una fotografía publicada por el periódico Il Piccolo de Trieste mostraba el cuerpo sin vida en medio de los bañistas que, pegados los unos con los otros, como ocurre en las abarrotadas playas de verano , no se inmutaban lo más mínimo y continuaban bañándose, broceándose, hinchando la colchoneta… Decía Magris que el muerto (que habría tenido que ser al menos durante cinco minutos protagonista de una tragedia y centro de atención y consternación) no pasaba de ser un personaje marginal, irrelevante en esa imagen de verano; los cuerpos en torno a él querían disfrutar al sol y el mar: y el suyo, que ya no podía disfrutar ni amar, quedaba apartado como un desecho. Magris se preguntaba ¿qué habrían podido hacer aquellos bañistas? ¿Levantarse, irse a casa, trasladarse unos cientos metros más allá? “Desde luego, se podía, por ejemplo, rezar. Pero rezar en público es difícil: casi nadie se atreve. También la oración como la carne, provoca escándalo.”

Concluye Magris que, en una humanidad fraterna y libre, esa fotografía de la playa triestina podría ser incluso una imagen positiva, la imagen de una solidaridad entre los vivos y los muertos: un intento de integrar a la muerte en el camino, como hace Eros, que no teme a la muerte porque sabe abrazarla. Pero en aquella orilla del Mediterráneo nadie abrazaba al muerto, sino que se procuraba no verlo. Creo que a veces nuestra vida está cada día más por debajo de la vida. Enrique Vila-Matas. Dietario Voluble. Anagrama.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Enrique Vila-Matas, Exploradores del abismo.

Foto: Calle Gran Via. Madrid.

Llevo muchos años ejerciendo de espía casual en el autobús de la línea 24 que sube por la calle Mayor de Gracia, en Barcelona. Tengo en casa un archivo de gestos, frases y conversaciones escuchadas a través del tiempo en ese trayecto de autobús, y hasta creo que podría escribir una novela tan infinita como aquella que quería hacer Jeo Gould sobre Nueva York, pues he robado y registrado todo tipo de frases sueltas, conversaciones extrañas, disparatadas situaciones.
Un modesto delincuente, por cierto, parece haberse enamorado últimamente de esa línea de autobús. Le llaman –ya es muy conocido entre algunos pasajeros- el ladrón del 24. En cuanto sube al autobús, aquellos pasajeros que le conocen advierten a gritos a los incautos: “¡Cuidado, cuidado, que entró el ladrón del 24!”

La escena es siempre conmovedora y tiene grandeza y hasta algo de épica popular, y a mi me recuerda, salvando todas las diferencias, una película que vi de niño en el que la gente de los barrios bajos se movilizaba para estrechar el cerco de un asesino de niñas. Al ladrón del 24 le han detenido unas quinientas veces ya, pero siempre queda en libertad y regresa al autobús, donde es muy famoso. No parece interesarle una línea distinta, ni otro autobús. Le debe de encantar –como a mí me pasa- sentirse un habitual de esa línea, o tal vez le apasiona simplemente repetirse… Se parece en algo a mí: los dos robamos en esa línea de autobús. Claro que el roba carteras y yo me limito a capturar frases, rostros, gestos…