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martes, 20 de septiembre de 2011

Muerte como lomo de pez

Foto: Río Duero a su paso por Soria

Cierto día vendí mi alma al diablo a cambio de conocer el futuro con veinticuatro horas de antelación, y se me concedió lo solicitado, y con mi poder alcancé pronto la plenitud profesional y mis certeras exclusivas –desastres naturales, cambios políticos, asesinatos, cotizaciones de bolsa- aumentaron la tirada de mi periódico y para ello no tenía más que mirarme en el espejo y leer en mi ojo izquierdo todas las futuras noticias de primera página que se producirían después con sobrecogedora puntualidad, y fui feliz, lo fui hasta que anoche leí en mi ojo izquierdo mi propia muerte, ahogado bajo el agua negra y musgosa, y sentí entonces un escalofrío porque sabía que el futuro se registraba infaliblemente, y me he encerrado, bajo doble llave, en la oscuridad de mi dormitorio, donde, paralizado, escucho ahora un suave bramido creciente, y uno tiene la sensación de que el río que atraviesa la ciudad ha comenzado a desbordarse.

Muerte como lomo de pez. Los líquenes del sueño de Ángel Olgoso. Tropo Editores.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Llueve



Llueve. Llueve sin tregua sobre la isla. Llueve con una persistencia pegajosa y sobrenatural. Tendido en el jergón de bambú, empapado por el sudor y la humedad, tiene la vista errante en el ojo de buey de la lejanía sin horizonte, en el azul intenso y puro, en la arena abrasada de la playa desierta, en las palmeras y margallones hinchados de pulpa calada y tallos prensiles, en el hormigueo de las burbujas de lluvia que estallan viscosas sobre la lona curtida de los toldos, sobre las pencas de pescado en salmuera, sobre el barniz deshecho de los maderos del bungalow. Lo ve todo a través de sus gafas oscuras. Hace mucho tiempo que subió las persianas y abrió los podridos postigos de la habitación. Difusos cendales de lluvia verde-gris empañan el archipiélago entero con su rumor impreciso, ondulante y musgoso, excitando los sentidos y erizándolos de sofocantes olores, salazones pestilentes, caña de azúcar quemada, azafrán y jengibre y pimienta, flores, algas secas, tostaderos y vegetación renovada. Había partido de lejanas tierras en busca del paraíso. Siempre tuvo presentes a Gauguin y a Stevenson, a sus vidas transcurriendo en la radiante beatitud y en la inmensa y exótica soledad de los mares del sur. Como él ahora en esta cama, en esta isla dorada de maravillas, hospitalaria y salobre, bajo el brumoso enrejado de la lluvia, rodeado, aunque no turbado, por generosas indígenas, alegres y tímidas, ataviadas con ajorcas y collares, por galeones hundidos, peces luminosos, lunas tórridas, telúricas tormentas nocturnas, pájaros esmeralda y turquesa, lametazos de sombra rebrillando en la espesura enmarañada, chalupas danzando en pleamar o luchando contra tiburones fosforescentes. Llueve sin cesar, en racimos blanquecinos, Días y noches insomnes. Lloviendo. El zumbido amarillo de la desolación reverbera y resuena como los picotazos de los insectos, como el lenguaje de las serpientes, como el delicado y tibio ribeteo de las olas, como las goteras en los garrafones, calabazas y cocos vacíos. No escampa. El zumbido amarillo de la desolación se ensancha e irrumpe con sosiego sobre la vela consumida, sobre el quitasol, sobre el vaso de daiquiri a medio beber, sobre sus gafas de sol, sobre su mano helada, sobre el tambor de la pistola donde falta una bala.

Llueve. Relato “Daiquiri” extraído de la obra Los líquenes del sueño, de Ángel Olgoso. Tropo Editores.

martes, 6 de septiembre de 2011

La mano.


Al contrario de lo que suele pensarse, los más peligrosos enemigos acechan siempre desde una distancia demasiado corta como para permitir que nos defendamos cómodamente. Advertí que mi mano izquierda se estaba volviendo contra mí el día que trazó un leve movimiento bascular. Aparentemente todo era normal en ella. Pendía mansa a lo largo del costado mientras sus huesos, nervios y uñas mantenían un aspecto impecable, y sus poros y pliegues infinitesimales estaban decididamente bien distribuidos. A pesar de todo, me dediqué a espiarla con insistencia. No hallé explicación al fenómeno. Quizá se encontraba fatigada por el continuo paso de su dedo anular sobre mi ceja derecha, o tal vez avergonzada de empuñar el paraguas que yo utilizaba para vaciar los ojos de las damas. Durante algún tiempo no experimenté movimientos bruscos en mi mano izquierda. Pero aquella extremidad se volvía violácea casi imperceptiblemente y yo me iba sintiendo desposeído. Una noche la encontré apretando mi cuello con terrible fuerza. Intenté desprenderme. Tras una lucha desigual, logré dominarla, bajé al sótano y la corté de un solo tajo con el hacha familiar. Al día siguiente el carnicero me pagó bien por ella, pero he de confesar que hoy noto con cierto desagrado su ausencia.

El garfio. Los líquenes del sueño de Ángel Olgoso. Tropo Editores.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Anomalía


Al salir de la barbería en la que le han lavado y cortado el pelo, un señor de traje gris descubre que el mundo ha desaparecido. Atónito, pero prudente, permanece de pie sobre el bordillo que separaba antes el establecimiento de la calle. Semejante calamidad sólo puede deberse a un sueño, piensa ingenuamente el señor; sin embargo, y aunque los puntos cardinales se han disipado por complejo, siente lo que está ocurriendo de una manera aritmética y tangible. Además, su reloj de pulsera se ha parado. En lugar del mundo ahora hay una neblina que tiene la viscosidad de la miel y la forma de un cubo de infinitos lados. Al señor todo esto le parece un ultraje considerable, el mayor robo que nunca ha conocido. Alguien debería restituirle a la humanidad su mundo. Aunque, a decir verdad, ya no hay nadie a quien devolvérselo, por consiguiente debe olvidarse de esa misión descabellada y dedicarse a mimar su propia supervivencia. Cabe pensar, en efecto, que tampoco hay nada que amenace seriamente su vida: ningún policía, ninguna institución, ningún psicópata, ninguna idea, ningún desarreglo de la naturaleza. Por tanto sólo debe protegerse de sí mismo y del tiempo. Lo que antes constituía el mundo, ahora se ha convertido en un inmenso refugio vacío, en una única región con un único dueño: él, el señor del traje gris. Al fin y al cabo es él quien ha hecho el descubrimiento. El último hombre vivo. Desde su centro de operaciones, la barbería, custodiará los confines de su desaforado imperio, dictará nuevas leyes y estudiará el modo de alcanzar la inmortalidad. Satisfecho consigo mismo, el señor del traje gris se da la vuelta, dispuesto a entrar en la barbería como quien va a tomar posesión de algo, cordial y severamente. Dentro, el barbero aprieta el puño sobre la navaja de afeitar.

Anomalía. Los líquenes del sueño de Ángel Olgoso. Tropo Editores.