martes, 6 de septiembre de 2011

La mano.


Al contrario de lo que suele pensarse, los más peligrosos enemigos acechan siempre desde una distancia demasiado corta como para permitir que nos defendamos cómodamente. Advertí que mi mano izquierda se estaba volviendo contra mí el día que trazó un leve movimiento bascular. Aparentemente todo era normal en ella. Pendía mansa a lo largo del costado mientras sus huesos, nervios y uñas mantenían un aspecto impecable, y sus poros y pliegues infinitesimales estaban decididamente bien distribuidos. A pesar de todo, me dediqué a espiarla con insistencia. No hallé explicación al fenómeno. Quizá se encontraba fatigada por el continuo paso de su dedo anular sobre mi ceja derecha, o tal vez avergonzada de empuñar el paraguas que yo utilizaba para vaciar los ojos de las damas. Durante algún tiempo no experimenté movimientos bruscos en mi mano izquierda. Pero aquella extremidad se volvía violácea casi imperceptiblemente y yo me iba sintiendo desposeído. Una noche la encontré apretando mi cuello con terrible fuerza. Intenté desprenderme. Tras una lucha desigual, logré dominarla, bajé al sótano y la corté de un solo tajo con el hacha familiar. Al día siguiente el carnicero me pagó bien por ella, pero he de confesar que hoy noto con cierto desagrado su ausencia.

El garfio. Los líquenes del sueño de Ángel Olgoso. Tropo Editores.