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lunes, 21 de julio de 2025
Despedirse supone dejar atrás algo que creíamos perdurable, arrancarse de la vida de alguien y tratar de conservar la propia mientras buscamos, sosteniéndola entre las manos un pedazo de tierra fértil donde plantarla. Los que no sabemos despedirnos no es que no sepamos, es que no queremos. Yo escribo por la misma razón por la que no quiero dormir, ni que cierren los bares: para que las cosas no acaben. Para que no llegue la noche, ni llegue el día. Escribo para no estar muerto, para que todo sea posible aún. Para que siga siendo siempre todavía. Fernando León de Aranoa, Leonera. Foto costa asturiana.
viernes, 18 de julio de 2025
En Campo de los Almendros, en los últimos días de la guerra civil española, un miliciano se cruza en su marcha hacia Alicante con un campesino que, al despedirse, en lugar de Salud dice A la paz de Dios. Comprende así que la derrota de la República se ha consumado. Fernando León de Aranoa, Leonera. Editorial Seix Barral. Foto costa asturiana.
jueves, 19 de junio de 2025
miércoles, 18 de junio de 2025
sábado, 14 de junio de 2025
De la misma manera coincidente en el tiempo, también las cámaras fotográficas nos dan la espalda. Caricaturistas feroces, realzan nuestros defectos, muestra ausencia progresiva de atractivo, planes, futuro. Puedes llegar a no reconocerte en ellas, tal es la diferencia entre lo que en verdad somos y la interpretación tergiversada que tales dispositivos hacen de nosotros. Leonera, Fernando León de Aranoa, editorial Seix Barral.
jueves, 9 de mayo de 2013
Las cosas pequeñas
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| Telaraña con el recio de la mañana en las costa asturiana. Foto Sebas Navarrete |
Le gustaban las cosas
pequeñas. Le enseñaban el bosque, pero ella se detenía en la brizna de hierba
pequeña, a sus pies. Del mar, formidable, le interesó más que nada el abanico
de espuma blanca que dejaba la marea en retirada entre sus piernas. De la
montaña, la senda como cordel en zigzag que le llevó hasta ella.
Ante los elefantes, en
el zoológico, no pudo apartar la mirada de la hormiga que trepaba desafiante
por la pernera de su pantalón rosa. De la bicicleta roja y reluciente que le
regalaron le gustó el timbre, que hizo sonar sin descanso.
Le mostraron un
atardecer hermoso, recortable portentoso de nubes doradas: le fascinó el
reflejo en sus zapatos.
Del amor de su madre
supo ver los motivos.
Y en los ojos de él, lo
que una vez vio en ella.
Extraído de “Aquí yacen
dragones” de Fernando León de Aranoa. Editorial Seix Barral.
martes, 7 de mayo de 2013
El espejo
Un aristócrata escocés puso en
marcha un curioso experimento a principios del siglo XIX. Sostenía que, a causa
de la velocidad de la luz, nuestra imagen tarda una millonésima fracción de
segundo en formarse en la superficie reflectante de un espejo. De este modo,
nuestro reflejo en él sería infinitamente más joven que nosotros. Colocando un
segundo espejo enfrentado al primero, que reflejara a su vez nuestro primer
reflejo, esa diferencia se duplicaría. Y se multiplicaría por cuatro si fueran
cuatro los espejos que colocáramos en paralelo.
Una mañana inundó de espejos sus
tierras.
Organizados en largas hileras
paralelas, enfrentados de dos en dos y calculado al milímetro el ángulo que
forman sus planos para que la imagen de su mujer se multiplicara en sus
superficies sucesivas, el último de ellos, aseguraba, devolvería una imagen
ligeramente anticuada de sus movimientos. Y así fue. Mientras ella, aburrida,
bebía de la taza de té English Pearl al que tan aficionada era, en el último de
los espejos su imagen permanecían aún inmóvil.
Animado por el éxito de su primer
ensayo, decidido a atrapar el tiempo entre espejos, decidió poner en marcha la
segunda fase de su experimento. Sólo era un problema de cantidad, calculó. Si
reunía el número suficiente de espejos podría ver reflejado en el último su
propio nacimiento.
A la sombra de su empresa, la
industria del cristal floreció en los condados circundantes. Dilapidó la
fortuna familiar comprando espejos por todo el mundo, pero nunca resultaban
suficientes. Sus experimentos fracasaron, y su mujer le notificó su marcha con
una taza de English Pearl en la mano. Se llevó todos sus bienes excepto los
millares de espejos que, inservibles ya, anegaban sus tierras.
Arruinado, desposeído de todo,
murió en la miseria y solo, rodeado de media docena de espejos que, en el
momento exacto de su muerte, le devolvieron al unísono su último instante de
vida. Extraído de “Aquí yacen dragones” de Fernando León de Aranoa. Editorial Seix Barral.
lunes, 6 de mayo de 2013
Los Terratenientes
Bienaventurados los terratenientes,
porque ellos heredarán también
la tierra prometida.
Extraído de "Aquí yacen dragones. de Fernando León de Aranoa. Editorial Seix Barral.
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