martes, 7 de mayo de 2013

El espejo



Un aristócrata escocés puso en marcha un curioso experimento a principios del siglo XIX. Sostenía que, a causa de la velocidad de la luz, nuestra imagen tarda una millonésima fracción de segundo en formarse en la superficie reflectante de un espejo. De este modo, nuestro reflejo en él sería infinitamente más joven que nosotros. Colocando un segundo espejo enfrentado al primero, que reflejara a su vez nuestro primer reflejo, esa diferencia se duplicaría. Y se multiplicaría por cuatro si fueran cuatro los espejos que colocáramos en paralelo.
Una mañana inundó de espejos sus tierras.
Organizados en largas hileras paralelas, enfrentados de dos en dos y calculado al milímetro el ángulo que forman sus planos para que la imagen de su mujer se multiplicara en sus superficies sucesivas, el último de ellos, aseguraba, devolvería una imagen ligeramente anticuada de sus movimientos. Y así fue. Mientras ella, aburrida, bebía de la taza de té English Pearl al que tan aficionada era, en el último de los espejos su imagen permanecían aún inmóvil.
Animado por el éxito de su primer ensayo, decidido a atrapar el tiempo entre espejos, decidió poner en marcha la segunda fase de su experimento. Sólo era un problema de cantidad, calculó. Si reunía el número suficiente de espejos podría ver reflejado en el último su propio nacimiento.
A la sombra de su empresa, la industria del cristal floreció en los condados circundantes. Dilapidó la fortuna familiar comprando espejos por todo el mundo, pero nunca resultaban suficientes. Sus experimentos fracasaron, y su mujer le notificó su marcha con una taza de English Pearl en la mano. Se llevó todos sus bienes excepto los millares de espejos que, inservibles ya, anegaban sus tierras.
Arruinado, desposeído de todo, murió en la miseria y solo, rodeado de media docena de espejos que, en el momento exacto de su muerte, le devolvieron al unísono su último instante de vida. Extraído de “Aquí yacen dragones” de Fernando León de Aranoa. Editorial  Seix Barral.