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martes, 27 de agosto de 2013

Naturaleza humana

Le Treport, Francia. Foto Sebas Navarrete

Cuanto más analiza uno a la gente, más rápido desaparecen las razones para el análisis. Tarde o temprano, uno llega a esa temible cosa universal que llamamos naturaleza humana.

Extraído de “La decadencia de la mentira” Oscar Wilde.

jueves, 17 de marzo de 2011

Historia y geografía

Foto: Acantilados de Moher (Irlanda)


Dad a los niños la belleza y no ese recuento de carnicerías sangrientas y reyertas bárbaras que llaman Historia, o la latitud y la longitud de lugares que a nadie le importa visitar y que llaman Geografía.

Oscar Wilde, una conferencia en Estados Unidos.

sábado, 5 de febrero de 2011

Oscar Wilde


Ya no apruebo ni desapruebo nada. Eso es adoptar una actitud absurda ante la vida: no hemos venido a este mundo a pavonearnos de nuestros prejuicios. Nunca advierto lo que la gente común dice y nunca interfiero en las acciones de la gente encantadora. Oscar Wilde. El retrato de Dorian Gray.

jueves, 27 de enero de 2011

Milagros



Cristo salió de un valle blanco y llegó a un pueblo púrpura. Al recorrer la primera de sus calles, oyó unas voces por encima de su cabeza, y al mirar descubrió a un joven tumbado en el alféizar de una ventana, borracho.

-¿Por qué desperdicias tu alma en la ebriedad? –le preguntó.

-Señor, yo era un leproso y Tú me curaste. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

Adentrándose un poco más en el pueblo, vio que otro joven perseguía a una ramera.

-¿Por qué dilapidas tu alma en la disipación? –le preguntó Cristo.

-Señor, yo estaba ciego y Tú me curaste, ¿Qué otra cosa puedo hacer? –le respondió el joven.

Finalmente, en el centro de la ciudad, vio un viejo agachado, sollozando sobre el suelo, y al preguntarle la razón de su llanto el viejo respondió:

-Señor, estaba muerto y Tú me trajiste a la vida. ¿Qué otra cosa puedo hacer más que llorar?

Texto extraído de “El arte de conversar” Oscar Wilde. Editorial Atalanta.

viernes, 21 de enero de 2011

Presencia de ánimo



Mi joven amigo el actor interpretaba el papel principal de una obra extremadamente popular. Durante meses no había quedado una sola localidad libre en el teatro, y en el momento mismo de la representación las colas para la platea y la galería se extendían varias millas; de hecho, llegaban hasta Hammersmith.

Una noche, durante la representación, en el terriblemente tenso momento en que la pobre florista rechazaba con desdén las detestables propuestas del malvado marqués, una enorme nube de humo se extendió por los costados del escenario, que fue sitiado por grandes lenguas de fuego.

Aunque el telón descendió de inmediato, el público estaba aterrorizado y se precipitó hacia la salida. Se desató un pánico horroroso: los hombres comenzaron a gritar y a empujar, las mujeres daban alaridos y se tiraban de las ropas. Había el grave riesgo de que varios espectadores murieran pisoteados y, de hecho, algunas faldas se ensuciaron y varias camisas de vestir quedaron arrugadas.

En el clímax del estruendo apareció por la puerta de la orquesta mi joven amigo actor –que en la obra ama y es amado por la florista-, contempló la situación de un vistazo y trepó al escenario. Allí parado, ante el telón de hierro, erguido, con la mirada destellante y el brazo levantado, ordenó que se hiciera el silencio con una voz que resonó en todo el teatro, como una trompeta. El público conocía bien esa voz y se sintió reconfortado: el pánico remitió de inmediato.

Les dijo entonces que el fuego ya no era peligroso, que ahora estaba bajo control. Sin embargo, explicó, el miedo de todos constituía un peligro muy real y, dado que sus vidas dependían de que mantuvieran la calma, era necesario que regresaran de inmediato a sus asientos.

Todos hicieron lo que se les dijo, sintiéndose muy avergonzados. Y cuando las salidas quedaron despejadas y todos los asientos fueron ocupados de nuevo, al actor dio un ligero salto sobre las candilejas, alcanzó la platea y se esfumó por la primera puerta a su alcance. Entonces el humo saturó el auditorio, las llamas irrumpieron a cada lado y ninguna otra alma salió con vida del lugar.

Es así como podemos apreciar la utilidad de la presencia de ánimo.

Extraído de la obra “El arte de conversar” de Oscar Wilde. Ediciones Atalanta.

viernes, 7 de enero de 2011

El poeta


 
Un joven era muy querido por la gente de su pueblo porque hacia la hora del crepúsculo, todos se reunían a su alrededor, le hacían preguntas y él contaba las muchas cosas extrañas que había visto durante el día.
-Contemplé tres sirenas en el mar –decía-, que cepillaban sus cabellos verdes con un peine dorado.
Y cuando lo urgían a contar más, decía algo así.
-A través de una piedra hueca espié a un centauro. Al encontrarse nuestras miradas, se giró lentamente para retirarse y me observó con tristeza, por encima del hombre.
Y si ellos insistían ansiosamente:
-Dinos, ¿qué más has visto?
Él les contaba:
-En un bosquecillo, un joven fauno tocaba su flauta para los habitantes del bosque, que bailaban al ritmo de su música.
Sin embargo, un día que salió de paseo vio surgir de entre las olas a tres sirenas que alisaban sus cabellos con un peine dorado, y cuando se hubieron ido, un centauro lo miró a través de un risco hueco, y más tarde, al pasar junto a un bosquecillo, contempló a un fauno que tocaba su caramillo para los habitantes del bosque.
Esa noche, cuando la gente del pueblo se reunió bajo el crepúsculo y le preguntaron:
-Dinos, ¿qué has visto hoy?
Él respondió con tristeza:
-Hoy no he visto nada.

Texto extraído de “El arte de conversar” Oscar Wilde. Editorial Atalanta.

miércoles, 5 de enero de 2011

Playa del Silencio.

Foto: Playa del Silencio (Asturias)

La belleza tiene tantos significados como el hombre estados de ánimo. La belleza es el símbolo de símbolos: lo revela todo porque no expresa nada, y cuando se muestra ante nosotros nos revela al mundo en toda su colorida fiereza. Aforismo de Oscar Wilde. Extraido de “El arte de conversar” Editorial Atalanta

martes, 7 de julio de 2009

Parque Nacional Timanfaya.




Fotos: Parque Nacional Timanfaya, Lazarote


“Se puede admitir la fuerza bruta, pero la razón bruta es insoportable”. Oscar Wilde.