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viernes, 25 de noviembre de 2016

Las dos Españas. Tres "Instantes"

Plaza Mayor, Madrid, foto de Sebastián Navarrete

Puerta del Sol, Madrid. Foto de Sebastián Navarrete

Plaza del Callao, Madrid. Foto de Sebastián Navarrete

"Hay dos Españas, pero no son las de Machado. Hay una España urbana y europea, indistinguible en todos sus rasgos de cualquier sociedad urbana europea, y una España interior y despoblada, que he llamado España vacía. La comunicación entre ambas ha sido y es difícil. A menudo, parecen países extranjeros el uno del otro. Y, sin embargo, la España urbana no se entiende sin la vacía. Los fantasmas de la segunda están en las casas de la primera."

"La España vacía: Viaje por un país que nunca fue." de Sergio del Molino.

miércoles, 15 de junio de 2016

Hasier Larretxea, el hijo del aizkolari.

Navarra. Foto Sebastián Navarrete


Hasier Larretxea, nacido en 1982 en el remoto valle del Baztán. Hijo de un aizkolari, los cortadores de troncos vascos, Larretxea creció en un entorno rural muy aislado que lo asfixió desde niño. A los problemas de una comunidad pequeña y montañosa, el valle del Baztán añadía la cuestión del terrorismo de ETA, cuyos años más crueles coincidieron con la infancia de Hasier. Era un lugar de hombres duros, donde se sublimaba la masculinidad, un sitio insoportable para un niño sensible y tímido que, en la pubertad, se descubriría homosexual. Hasier huyó a Madrid para sentirse libre. Abandonó su casa e hizo su vida en la gran ciudad, desarraigado, acumulando una mezcla de rechazo y amor hacia sus orígenes. Su familia no aceptó su condición. Hubo una ruptura tajante y dramática propia de las mejores novelas del siglo XIX, pero el tiempo lo enfría todo y, finalmente, el aizkolari de las montañas y el hijo que ya vivía sin trabas ni vergüenzas en la gran ciudad se reconciliaron. El hijo escribió unos poemas en euskera, y le pidió al padre algo asombroso: que lo acompañara en los recitales y presentaciones por las librerías. Pero que lo acompañara como parte de una performance artística. Mientras el hijo recitaba, el aizkolari cortaba un tronco. Los hachazos sobre la madera marcaban un ritmo de galeote, una percusión sobre la melodía de los versos. El efecto era muy emocionante. Al final de los actos, el padre de Larretxea, orgulloso y al borde de las lágrimas, les dedicaba a los asistentes las astillas desprendidas del tronco, firmándolas con un rotulador.

 Extraído de "La España vacía" de Sergio del Molino.