viernes, 7 de enero de 2011

El poeta


 
Un joven era muy querido por la gente de su pueblo porque hacia la hora del crepúsculo, todos se reunían a su alrededor, le hacían preguntas y él contaba las muchas cosas extrañas que había visto durante el día.
-Contemplé tres sirenas en el mar –decía-, que cepillaban sus cabellos verdes con un peine dorado.
Y cuando lo urgían a contar más, decía algo así.
-A través de una piedra hueca espié a un centauro. Al encontrarse nuestras miradas, se giró lentamente para retirarse y me observó con tristeza, por encima del hombre.
Y si ellos insistían ansiosamente:
-Dinos, ¿qué más has visto?
Él les contaba:
-En un bosquecillo, un joven fauno tocaba su flauta para los habitantes del bosque, que bailaban al ritmo de su música.
Sin embargo, un día que salió de paseo vio surgir de entre las olas a tres sirenas que alisaban sus cabellos con un peine dorado, y cuando se hubieron ido, un centauro lo miró a través de un risco hueco, y más tarde, al pasar junto a un bosquecillo, contempló a un fauno que tocaba su caramillo para los habitantes del bosque.
Esa noche, cuando la gente del pueblo se reunió bajo el crepúsculo y le preguntaron:
-Dinos, ¿qué has visto hoy?
Él respondió con tristeza:
-Hoy no he visto nada.

Texto extraído de “El arte de conversar” Oscar Wilde. Editorial Atalanta.