jueves, 1 de septiembre de 2011

Anomalía


Al salir de la barbería en la que le han lavado y cortado el pelo, un señor de traje gris descubre que el mundo ha desaparecido. Atónito, pero prudente, permanece de pie sobre el bordillo que separaba antes el establecimiento de la calle. Semejante calamidad sólo puede deberse a un sueño, piensa ingenuamente el señor; sin embargo, y aunque los puntos cardinales se han disipado por complejo, siente lo que está ocurriendo de una manera aritmética y tangible. Además, su reloj de pulsera se ha parado. En lugar del mundo ahora hay una neblina que tiene la viscosidad de la miel y la forma de un cubo de infinitos lados. Al señor todo esto le parece un ultraje considerable, el mayor robo que nunca ha conocido. Alguien debería restituirle a la humanidad su mundo. Aunque, a decir verdad, ya no hay nadie a quien devolvérselo, por consiguiente debe olvidarse de esa misión descabellada y dedicarse a mimar su propia supervivencia. Cabe pensar, en efecto, que tampoco hay nada que amenace seriamente su vida: ningún policía, ninguna institución, ningún psicópata, ninguna idea, ningún desarreglo de la naturaleza. Por tanto sólo debe protegerse de sí mismo y del tiempo. Lo que antes constituía el mundo, ahora se ha convertido en un inmenso refugio vacío, en una única región con un único dueño: él, el señor del traje gris. Al fin y al cabo es él quien ha hecho el descubrimiento. El último hombre vivo. Desde su centro de operaciones, la barbería, custodiará los confines de su desaforado imperio, dictará nuevas leyes y estudiará el modo de alcanzar la inmortalidad. Satisfecho consigo mismo, el señor del traje gris se da la vuelta, dispuesto a entrar en la barbería como quien va a tomar posesión de algo, cordial y severamente. Dentro, el barbero aprieta el puño sobre la navaja de afeitar.

Anomalía. Los líquenes del sueño de Ángel Olgoso. Tropo Editores.