sábado, 6 de febrero de 2010

Alevosías.

Ese individuo que a las cuatro de la madrugada, armado de un cuchillo, entró furtivamente en la vivienda de su ex esposa, carecía, por lo visto, de mala intención (alevosía, en términos técnicos). ¿Que actuó mal? De acuerdo. No se debe pisotear el cuello de una mujer hasta dejarla tetrapléjica, mucho menos en presencia de los hijos. Ahora bien, digámoslo todo: es cierto que allanó la morada, pero sin mala intención. Que portaba un arma blanca, pero sin mala intención. Que sorprendió a la víctima mientras dormía, pero sin mala intención. Que la golpeó y la arrojó al suelo, pero sin mala intención. Que le retorció el cuello hasta creerla muerta, pero sin mala intención... Por Dios, ¿qué leen en sus horas libres los jueces del Tribunal Supremo? ¿Qué tipo de publicaciones esconden entre las páginas de los voluminosos libros de consulta que tapizan las paredes de sus despachos? ¿Qué les ha hecho la vida? ¿Quién los trató mal?
No obstante, y dada la madurez que se supone a estos profesionales de la justicia, cabe pensar que también ellos actuaron sin mala intención (sin alevosía, en términos técnicos). Estudiaron detenidamente el asunto, contaron las patadas propinadas a la mujer, calcularon su intensidad, quizá el grado de emoción que puso el maltratador en todas y cada una de ellas, y determinaron, con la mayor nobleza del mundo, que no había habido mala intención. Tal vez, añadimos nosotros, ni siquiera hubo, pese a la hora de autos, nocturnidad. ¿Cómo es posible que una ausencia tal de malas intenciones hiciera tanto daño? Si no hubo mala intención en el verdugo ni mala intención en quienes lo juzgaron, ¿dónde deberíamos buscar el origen de todo este cúmulo de desgracias? Lo han adivinado ustedes: en la víctima, sí, que debió de provocar de algún modo sutil a ese pobre ex marido cargado de buenas intenciones. Alevosías – Juan José Millás. El País 5 de febrero de 2010.