viernes, 19 de febrero de 2010

La magia de leer.


A los seres humanos les encanta escuchar historias, conocer vidas ajenas, asistir a acontecimientos fantásticos y lejanos. Experimentan con ello emociones intensas. Virginia Woolf, con cierta guasa, escribió en su diario: “A la gente le gusta sentir, sea lo que sea”. Somos insaciables consumidores de emociones. La anestesia afectiva nos da pavor. O, casi peor aún, nos provoca aburrimiento. Sin embargo, estamos tironeados por dos impulsos contradictorios. Queremos estar al mismo tiempo ensimismados y alterados, tranquilos y exaltados. Somos adictos al estremecimiento, pero nos horroriza estar siempre estremecidos. La rutina nos aburre, pero la novedad nos asusta. En parte, la cultura no es más que un educado intento de resolver este problema insoluble de cómo estar en calma y excitados. La ruleta rusa, la montaña rusa, el vodka ruso, la novela rusa y para algunos la Revolución rusa, por poner ejemplos de una sola familia léxica, lo intentaron con mejor o peor fortuna.
Las obras artísticas intentan cambiar nuestro estado emocional de modo controlado y a hora fija. La heroína de jeringuilla o la heroína de novela cumplen un papel semejante. Es difícil, por ello, mantener una lectura que no despierta algún tipo de emoción. En primer lugar, el interés. La intriga, el estar entre la trama, es esencial. Don Quijote elogia “las curiosas novedades que suspendan, alegren los sentidos”. Y el canónigo pide a los escritores que sean verosímiles, al tiempo que “facilitando los imposibles allanando las grandezas, suspendiendo los ánimos, admiren, suspendan, alborocen y entretengan, de modo que anden a un mismo paso la admiración y la alegría juntas"
Todo esto lo proporcionan los distintos géneros narrativos, por ejemplo, el cine. La peculiaridad de la novela, como es obvio, es que utiliza sólo la palabra para provocar las emociones. Introduce el lector en un mundo lingüístico, que, como veremos, resulta indispensable para su vida.
José Antonio Marina y María de la Válgoma, La magia de leer. Plaza & Janés 2005.

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¿Y como voy a saber lo que pienso si no lo he dicho todavía? E.M. Forster.
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