miércoles, 1 de diciembre de 2010

La tristeza.


Melancolía más, melancolía menos, la tristeza puede ser un dolor invisible. Por lo general suspende toda esperanza y se instala en el alma con su colección de ausencias repentinas.
La tristeza no arrima soluciones, tampoco las acerca la alegría, pero la tristeza deja siempre más huella. Lo más penoso es cuando uno ve la propia desdicha reflejada en los ojos de ser amado.
Melancolía más, melancolía menos, la tristeza se alimenta de los años, pero el pasado la confirma, la apuntala. El futuro en cambio la elabora, se apronta para recibirla y hacerla inolvidable.
Decirle adiós al buen amigo es una ruptura que lastima, pero decirle adiós al enemigo es todo un festival.
Los cómicos son especialistas en ocultar su tristeza. Los filósofos, en cambio, no pueden ocultarla, ya que es su razón de ser y pensar. La historia no registra filósofos alegres, salvo los hipócritas, que también los hay en ese refinado gremio.
La sinceridad de la tristeza suele nutrirse del amor; la sinceridad del amor suele nutrirse de la alegría.
Hay osados investigadores que rescatan que cuando el hoy casi desconocido cosmólogo Belisario Orbigny estaba llegando a su fin, por primera vez sonrió y dijo entre balbuceos: “¡Viva la tristeza!”. . Mario Benedetti. Vivir adrede. Editorial Alfaguara.