viernes, 19 de noviembre de 2010

El contenido de la felicidad


Si alguna vez tropiezo con viejas fotografías de mi infancia, lo que hace mucho que no sucede, siempre me sorprende y molesta el mismo, obsesionante, rasgo. En todas ellas –diez, veinte fotografías que me retratan desde la pila bautismal hasta los seis o siete años de edad- aparezco con la misma e insoportable sonrisa. Siempre es igual, idéntica, como si se tratara de una máscara y fuera independiente de mi verdadero humor. Este signo inequívoco de vileza ha determinado mi vida, una de las más desdichadas que conozco, y siempre en la misma dirección; desde mis primeras intuiciones supe que estaba obligado a simular una constante felicidad, y que semejante rasgo iba a ser lo que me permitiera sobrevivir; la única fortaleza en donde podría sentirme a salvo de los innumerables ataques de que iba a ser objeto. Una simulación de felicidad terca y constante me ha permitido, en efecto, llegar con vida al día de hoy, pero a costa de los mayores sufrimientos y de un hastío infinito. No obstante, prefiero no imaginar lo que habría sucedido de haber mostrado a cara descubierta hasta qué punto ni era feliz, ni falta que me hacía. Así comienza Historia de un idiota contada por él mismo o El contenido de la felicidad, novela de Félix de Azua. Editorial Anagrama.