miércoles, 2 de marzo de 2011

Destinatarios


Envío, sobres vacíos a gente que no conozco. Hace tiempo me gustaba llamar por teléfono a un número cualquiera, hasta que me harté. La satisfacción que proporciona escuchar una voz lejana que descuelga el teléfono a medianoche se desvanece demasiado deprisa. Insisto: prefiero los sobres vacíos. Escribo el nombre del destinatario a máquina o a mano, depende de lo que me inspire. La forma, el tamaño y el tipo de sobre varían en función de su identidad. Cada nombre, elegido al azar en una guía telefónica, me lleva a tomar una u otra decisión. Si pongamos, selecciono a alguien que se llama Sampedro Vílchez, enseguida intuyo que el sobre debe ser acolchado, con las señas escritas a mano, con rotulador negro y en mayúsculas. Para una empresa llamada Muebles Ventura, en cambio, elegiría un sobre rectangular de ventanilla y la dirección la escribiría en la carta a máquina. Me gustan las direcciones largas: avenidas con nombre de general, polígonos, urbanizaciones, números dobles de edificios, escaleras, pisos y, al final, la contraseña del código postal. Nunca pongo remitente. Al principio me sentí tentado de inventarme correspondencias misteriosas entre personas elegidas al azar. Pero ese juego no se adaptaba a mi propósito: provocar un momento de duda y conseguir que, durante unos minutos o unas horas, la persona que acababa de recibir el sobre se pregunte quién demonios debe de habérselo enviado y por qué. No perjudico a nadie y no puedo considerarme un psicópata. En la televisión hablan constantemente de gente que colecciona cadáveres de insectos o espía a sus vecinas con un telescopio, por no hablar de los que asesinan, secuestran o extorsionan. Lo mío es, si me apuran, una manía. Me gusta imaginar a alguien sin respuesta ante un sobre vacío. Yo tampoco tengo respuesta. Hace diez días pensé que sería buena idea enviarme uno a mí mismo. La elección no fue fácil. Al final, opté por uno de invitación, con papela bueno y pestaña ancha. En el momento de cerrarlo, mientras lamía suavemente la zona de cola azucarada, sentí un escalofrío que interpreté como de esperanza de volver a verlo. La dirección la escribí a mano y, en el momento de dejarlo caer en el buzón, intuí que, durante el trayecto que separa la condición de remitente de la de destinatario, el sobre se llenaría y me sorprendería con un contenido imprevisto. Contrariamente a lo que había pronosticado, el sobre no llega. Llevo días esperando al cartero. Cuando entra en mi casa intento que no se me note la inquietud de ver que hoy tampoco no trae ningún sobre vacío para mí (y me importan un bledo los secretos de los otros que lleva). Supongo que se habrá perdido, o que quizá alguien ha sentido la curiosidad de abrirlo, y vuelvo a casa un poco inquieto, malhumorado, indignado por la negligencia del servicio de correos. Sergi Pámies. Destinatarios. “Si te comes un limón sin hacer muecas” Editorial Anagrama.