martes, 28 de septiembre de 2010

Razas.


En Estados Unidos, quien allí se sienta ante el televisor, ya sea de origen polaco, irlandés. Italiano, africano o hispano, ve desfilar por la pantalla, inevitablemente, apellidos y rostros polacos, irlandeses, italianos, africanos o hispánicos. A veces es tan sistemático, está tan “fabricado”, tan convenido, que llega a ser irritante. En las series policíacas, nueve de cada diez veces el violador es rubio y de ojos azules, para que no se piense que se da una visión negativa de las minorías; y cuando el delincuente es negro, y blanco el detective que lo persigue, se las arreglan para que el jefe de la policía sea también negro. ¿Irritante? Tal vez. Pero si recordamos las viejas películas del oeste, en las que los indios caían abatidos a montones bajo los aplausos frenéticos de la chiquillería, diríamos que la actitud de hoy es un mal menor…. En nombre del mismo principio –“que ningún americano se sienta ofendido por lo que ve u oye”- en la pantalla está casi prohibida cualquier unión entre un blanco y una negra, o entre una blanca y un negro, porque la opinión pública, se nos dice, no se siente cómoda con los mestizajes de este tipo. Po eso todo se plantea de manera que cada uno “salga” con gente de su “tribu”. Y también en este caso todo es tan sistemático, tan previsible, que resulta exasperante, insultante incluso. Amin Maalouf. Identidades asesinas. Alianza Editorial.