jueves, 15 de abril de 2010

Perdonar.


Perdonar no ha de ser un acto de superioridad. El perdón ha de brotar del reconocimiento de nuestras propias fragilidades, lo que no supone en absoluto un acto de humillación. Es un acto de compresión, también para con uno mismo. Pedir perdón no es sólo enunciarlo, es padecer nuestro propio rayo que ha atravesado el corazón de alguien hasta dañar su vida y es luchar, dentro de lo posible, por eludir ese mal. Esta sutil y decisiva relación entre el perdón y la justicia es la base del equilibrio social. No sólo lo siento, es que te pido perdón. No es un estado de ánimo, es una acción. Ángel Gabilondo. Alguien con quien hablar. Editorial Aguilar.