viernes, 16 de abril de 2010

El profesor.

Foto: Escultura de Anish Kapoor, El gran árbol y el ojo (2009). Escultura formada por ochenta esferas de acero inoxidable instalada en exterior del museo Gugenheim de Bilbao. Múltiples imágenes se reflejan en sus superficies espejadas, estirándose como un arroyo de relucientes burbujas vítreas. Simultáneamente, cada una de las esferas se refleja a sí misma, a las que tiene alrededor y a todos los componentes que forman la torre. Podemos ver nuestro propio reflejo repetido, así como el reflejo de la arquitectura que nos rodea. El ángulo de las imágenes va cambiando a medida que nuestra mirada asciende por la escultura.

Cuando tenía seis años. El pequeño genio que ya era Paul klee, el gran pintor de la Suiza germana, tuvo un profesor que le pidió, igual que al resto de los alumnos, que dibujase un acueducto. ¡Tarea increíble para aquellos pequeños de seis años! Paul Klee lo hizo, y pintó zapatos en la base de cada uno de los pilares. De entrada, es algo inexplicable: nadie es capaz de imaginar cuál es la sinapsis genial que da lugar a tal idea a los seis años de edad. Pero es que, en segundo lugar, y respondo así a su pregunta, tuvo la enorme suerte de contar con un profesor maravilloso, que ni desanimó al niño, ni rompió el dibujo, al tiempo que le amonestaba para que representase correctamente un acueducto. Por el contrario, dicho profesor avisó a los padres del niño para indicarles que estuviesen preparados, porque ahí podía salir algo grande. Lo que me aterra es la situación contraria: aquella en la que un profesor, por ceguera moral o estética, o por una celotipia inconsciente, es capaz de destrozar al niño por hacer una cosa así, porque podría destruir para siempre, en el seno de una estructura social igualitaria, la posibilidad de ese milagro que es la obra de arte. George Steiner y Cécile Ladjali. Elogio de la transmisión. Siruela.