viernes, 1 de junio de 2012

Un retrato



El rostro humano, como signo icónico, es vehículo de un sentido que trasciende su mero valor de representación. Un retrato es, al mismo tiempo, histórico como símbolo de una época, irrepetible como signo de un individuo y ejemplo genérico como símbolo de lo humano. Más aún, en el mundo actual, donde el lenguaje de las imágenes se ha acabado por imponer al lenguaje de las cosas (la gente delega cada vez más sus ojos en los “especialistas en miradas”, dice Doisneau), los retratos se convierten en símbolos de nuestra iconofilia y en síntomas de nuestra patología icónica: es por su intermedio como nos encontramos, nos ocultamos, nos interpelamos, nos perdemos y nos superamos a nosotros mismos: en ellos somos más de lo que decimos y menos de lo que pretendemos. Extraído de “Lo visible y lo invisible en la imagen fotográfica” de Nelly Schnaith. Editorial La Oficina.