jueves, 23 de octubre de 2008

La hipoteca.


Y es que hemos dejado de ser ciudadanos y nos hemos convertido en clientes, clientes de las constructoras y de las empresas multinacionales que gastan miles de millones en convencernos de que si no les compramos esa segunda residencia o este coche que nos hipotecará la vida mucho más de lo que ya la tenemos hipotecada, no perteneceremos al grupo de los ricos y famosos cuyas vidas tanto nos interesa y cuyos descalabros con tanta atención seguimos durante el tiempo que nos deja libre el trabajo que hacemos a todas horas para pagar las hipotecas, o durante las horas que pertenecemos en las colas de las carreteras para alcanzar el chalet en cuestión y los que gastamos en abrirlo, limpiarlo, adecentarlo y volver a cerrarlo al día siguiente para, después de más horas de carretera, llegar a casa exhaustos el domingo por la noche listos para volver a comenzar al cabo de unas horas. Es un modelo de vida que nos ha seducido, difícil de comprender, pero así vivimos y así creemos que hemos alcanzado la felicidad. Es nuestra economía neoliberal que hemos abrazado sin tomarnos la molestia de analizar y sin darnos cuenta de que, por más casa y coches que tengamos las hipotecas que hay que pagar a fin de mes nos calvan en la tierra que hemos adquirido, a la que tenemos que volver sábados y domingos y días de guardar porque nuestro presupuesto ya no alcanza para conocer otros mundos, ni siquiera para quedarnos en casa tranquilamente y pasear por la ciudad sin que nos remuerda la conciencia por no aprovechar lo que con tanto esfuerzo estamos pagando. Por estos pagos y por otros que vendrán sacrificamos vida profesional y familiar, el buen humor, los ocios diversos, y tenemos que soportar que en el trabajo se cercenen nuestros derechos laborales si no queremos perder un empleo al que estamos ligados para poder atender esas famosas hipotecas que tanta riqueza proporciona a los bancos y a las multinacionales. Rosa Regás. Diario de una abuela de verano.