lunes, 8 de agosto de 2011

El Bulli, o las excelencias culinarias del nitrógeno líquido


Imagínense si Cervantes viviera todavía entre nosotros (ya famoso) y anunciara que dejaba de escribir. O que Shakespeare convocara una rueda de prensa y declarara que se acabó, que no estrenaría más dramas. Que Mahler se retirara a una isla desierta a cazar mariposas. O que Picasso cerrara su estudio en vida y diera un portazo. En esos hipotéticos casos, no creo que en la prensa se armara la bulla que se ha montado con la clausura de El Bulli. Una algarabía mediática en dos tiempos: hace unos meses, cuando la anunció, y ahora, cuando el maestro ha echado el cierre con una pitanza de honor para una cincuentena de incondicionales patanegras. En total no he contado menos de tres docenas de páginas de glosas, análisis y condolencias en los grandes diarios españoles. Y durante algunos días no ha habido manera de zapear sin que apareciera en la pantalla algún bullicioso ditirambo visual adobado con sesudos comentarios de "creadores" y expertos. La misma tónica de consenso panurgista, con pequeñas excepciones, en los medios extranjeros: el mejor cocinero del mundo, uno de los máximos creadores de nuestro tiempo. Miren: es muy probable que yo tenga para la alta-altísima gastronomía (llamémosla así) la misma sensibilidad que un cohombro de mar, pero a mí todo esto me ha parecido un poco obsceno. Y, sobre todo, decadente. No cuestiono (al menos no fanáticamente) aquello de que la cocina (es decir, esa manera de entenderla) sea cultura. Pero, como muchos, estoy un poco hasta el hígado de que nos vendan las excelencias culinarias del nitrógeno líquido, de la gastronomía molecular y de la cocina-laboratorio servida en cantidades virtuales, comentada como si se tratara de sonetos inmarcesibles de Quevedo o de delicadas abstracciones de Blinky Palermo, y cobrada a precios ante los que no pestañean los consejeros del BBVA o de Iberdrola (8,92 y 14,84 millones de euros anuales, respectivamente). No voy a recurrir a la demagogia somalí o cuernoafricana (por mencionar ámbitos de -ay- depauperada cultura gastronómica), pero tengo la sospecha de que el desmesurado culto contemporáneo a la llamada alta gastronomía y la idolatría del Cocinero (permítanme que utilice la mayúscula) podrían ser síntomas de carencias culturales más profundas. Cada vez que he tenido ocasión (pocas) de degustarla en algunos de sus más afamados templos (emperejilada por sacerdotes discípulos o seguidores del genio) he terminado palatal y estomacalmente frustrado, pero con parecida impresión (visual) a la que tenía de pequeño cuando observaba el resultado de los experimentos que realizaba con mi juego de química Cheminova. En fin, que es una lástima lo de El Bulli. Y, en cuanto al señor Adrià, posible candidato al Nobel de Química (y, a juzgar por el entusiasmo de la prensa, hasta al de Literatura), quizás lo mejor es que le nombren ministro de Cultura. Algunos con menos méritos también han sido cocineros antes que frailes. Manuel Rodríguez Rivero. Babelia. El País. 6 de agosto de 2011.