sábado, 21 de abril de 2012

Malestar




En España reina ya el Estado del malestar. El Gobierno que iba a traer la Confianza en pañales, cava con euforia conmovedora bajo nuestros pies y hasta orina dentro de la propia tienda de campaña. Ahora mismo, el BOE podría publicar un único decreto con un único artículo: Abril es el mes más cruel. Nos ahorraríamos el despilfarro en eufemismos inverosímiles, como esa cara oronda de amnistía fiscal que se le pone al ministro de Hacienda cada vez que la niega. Porque el Gobierno está obteniendo resultados nefastos en la producción de eufemismos. Un buen eufemismo requiere una inversión en I+D y un equipo competente. ¿Cuánto le costaría a la administración Bush el eufemismo de “ausencia de confort” para definir la tortura? ¿Y cuántos teólogos consultaría el Vaticano para denominar con precisión sublime “traición a la gracia del orden sagrado” a lo que todos llamamos pederastia? Y en este nuestro Estado de malestar, en lugar de obstinarse en mentiras rudimentarias, como llamar “reformas” a las regresiones, sería mejor perseverar en el minimalismo genérico del rey (“Lo siento”), o en la línea estupefaciente del cafelito como causa de los males de España. La gente lo toma con culpa, como un punto en la prima de riesgo. Construir un incipiente Estado de bienestar fue un proceso laborioso, de luchas y consensos. El resultado fue una tortilla con no muchos huevos, pero tortilla al fin. Este pre-bienestar, la educación y sanidad públicas, la protección a la infancia y a la vejez, era la mejor urdimbre de una nueva identidad común. La verdadera célula madre de una España democrática. Ese era un espacio a proteger, a salvo de termitas y depredación. Pero el Estado de malestar es, sobre todo, consecuencia de un estilo. Humillar, además de recortar. Hospitales, escuelas, universidades, cultura, televisión pública, sindicatos... Por lo visto, ahí se arruinó España. ¿A quién votarían mañana los españoles en Francia? No desde luego por el Estado del malestar. L’espoir! “El malestar” Manuel Ribas. El País 21 de abril 2012.