jueves, 18 de diciembre de 2008

El Horizonte.

El horizonte es una meta inalcanzable. Como la alegría, como el dolor. Es el desafío para las utopías, la asunción de la irrealidad. No obstante, sin horizonte no habría mundo, ya que éste es después de todo una multiplicación de horizontes. Cada hombre, cada mujer y a veces cada niño, tiene un horizonte propio. Y también lo tiene cada sentimiento: el odio tiene un horizonte que es el fin de lo aborrecido, y el amor tiene otro que es la conquista del cuerpo y el alma del sujeto amado. Pero tanto el odio como el amor suelen llegar a su meta antes de alcanzar el horizonte. Tanto odiantes como amorosos quedan estupefactos ante la eterna lejanía del horizonte.
El único horizonte que por fin se alcanza es el de la muerte, pero quienes lo atraviesan nunca vuelven para contarnos lo que hay después. Con el horizonte no se juega. Se esconde en la noche sideral, pero no recordamos dónde estaba. Y cuando vuelve el alba, se burla de nosotros con su resurrección profana, inesperada.
Ni siquiera los pájaros lo atraviesan, por el compresible miedo de perder sus alas. Hay quien sostiene que el horizonte es un bramante que va de Dios al Diablo y viceversa, y que por eso nada tiene que ver con las criaturas de este mundo. Mario Benedetti. Vivir adrede.