viernes, 4 de diciembre de 2009

Un hotel en la Gran Vía.


Subes la persiana y te asomas al exterior. El hotel siempre está vinculado al viaje pero, al contrario del tren, desde sus ventanas no es peligroso asomarse al exterior. Contemplo el paisaje urbano, la jauría humana y la agridulce sonrisa del escepticismo se dibuja en tu rostro. Sonríes porque este paisaje de la Gran Vía, viernes noche, para ti es inédito y, en consecuencia, te sorprende. Te dejas sorprender, lo conoces de sobra de otras noches, de otros ámbitos, nada hay nuevo bajo la luz de la luna. Los jóvenes han barrido de la calle a los extranjeros, turistas u hombres de negocios, que por el día la colman. Piensas que en esa calle te has sentido forastero pero no en la habitación de ese hotel. Ningún lugar tan íntimo como la habitación de un hotel para actividades tan privadas como el pecado, la locura y el suicidio “Vivir en hoteles es concebir la vida como una novela” decía Bertolt Brecht. Le das la razón, el hotel es un lugar novelesco en donde la imaginación pasea por un decorado real. Un lugar de paso, un abrigo transitorio y anónimo sin acumulación de recuerdos, pero que puede llegar a ser parte de tu memoria. Raúl Guerra Garrido. La Gran Vía es New York.