jueves, 11 de septiembre de 2008

Fanatismo.


Tengo frente a mí las fotografías de unas jóvenes universitarias musulmanas, de ojos de carbón encendido, bellas, con la concienzuda seriedad de las niñas que han tenido que encargarse precozmente de tareas de mayores, dispuestas a convertirse en bombas ambulantes y a morir para hacer daño al enemigo. Su suicidio es valeroso, pero el marco terrorista en que lo consumaron es inmoral porque instrumentaliza con desprecio a las víctimas. Un niño que va a la escuela, una mujer que piensa en cómo llegar a fin de mes o un hombre alegre porque acaba de pagar la hipoteca de su casa, mueren por un problema que no entienden o ni siquiera conocen. ¿Qué tenían que ver las víctimas del atentado de Atocha con la guerra de Irak? El terrorismo usa una vida humana como medio para conseguir una reivindicación política. La dualidad de niveles resulta patente. Podríamos condecorar a un terrorista por patriota y a renglón seguido meterlo en la cárcel por asesino.

El mayor peligro de los fanatismos es el paso a la acción. Voltaire ya lo advirtió al definirlo:”Es un celo ciego y apasionado que surge de creencias supersticiosas y produce hechos ridículos, injustos y crueles; y no sólo sin vergüenza ni remordimiento de conciencia, sino además con algo semejante a la alegría y el consuelo. El fanatismo no es más que la superstición llevada a la práctica.”