viernes, 24 de enero de 2014

La foto de Kevin Carter


Después de recibir el premio Pulitzer a la mejor fotografía del año 1993, Kevin Carter participó en decenas de mesas redondas, conferencias, encuentros y debates. Durante meses recorrió el mundo huyendo de su destino y soportando una sola pregunta:

¿Qué fue del niño?

El buitre negro aguarda impaciente el desenlace. Conoce su papel en el ciclo y no se inmuta cuando el fotógrafo encuadra. La estampa del niño estremece, la del buitre aterra. La composición es clásica y los elementos trazan una diagonal que facilita la lectura de la imagen. Forma y continente en estado de revista.
Carter se repitió la misma pregunta millones de veces, tantas que no pudo soportar la presión y acabó suicidándose. Fue juzgado por miles de conciencias decentes, escrupulosas y limpias de pecado. En cada mirada vio una sentencia; en cada gesto una amenaza.

La postura del niño negro hiere la sensibilidad del ausente. Parece sentir vergüenza de su destino y esconde el rostro para que nadie le acuse de no defenderse. Ofrece su cuerpo en sacrificio, rendido ya, impotente. La tripa hinchada y la cabeza desproporcionada. Los ojos se adivinan hundidos, enormes, tristes.

Carter arrastró su culpa, también la mía y la tuya, la nuestra y la vuestra. Carter cargó con las culpas de todos los culpables. No supo o no pudo luchar contra sí mismo y se identificó con el buitre. Si hubiera tomado el papel de niño…

El buitre espera la muerte del niño negro y la de Carter. También tu muerte y la mía, la nuestra y la vuestra. El buitre, ya lo dije antes, conoce su papel en el ciclo. Algunos reaccionarán matando buitres para evitar la estupidez humana.

Querido Kevin: Sabiéndonos buitre, nos manifestamos niños. Cuando conocí la noticia de tu suicidio pensé en los que te preguntaron, en los héroes de retaguardia dotados de verborrea y camuflados en corbatas estampadas. Si yo hubiese tenido la cámara en las manos también habría disparado. Extraído de “El documento fotográfico. Historia, usos, aplicaciones”  de Juan Miguel Sánchez Vigil, editorial Trea.