jueves, 5 de febrero de 2015

Odia el delito y compadece al delincuente, Jorge Trías Sagnier

Foto y diseño Sebas Navarrete

Odia  el delito y compadece al delincuente. Esta idea de la gallega Concepción Arenal y las de reinserción del delincuente nos llevaron en 1977 a un grupo de personas llenas de ilusión a afrontar la reforma del sistema penitenciario español. Entonces existía, todavía, la pena de muerte, aunque la última vez que se aplicó, de forma cruel y despiadada, fue en 1975, cuando se agarrotó a Puig Antich y luego se fusiló a miembros del FRAP y de ETA. Escandaliza que, después de pasar veinte o treinta años en prisión, salgan a la calle presos de ETA; o que Bolinaga, después de haber sido excarcelado por padecer una enfermedad terminal, haya muerto en su casa. Escandaliza porque desde sus labios no ha salido una palabra de arrepentimiento. Y esta es la exclusiva razón que ha llevado al Gobierno a tomar esta medida, de dudosa constitucionalidad, llamada cínicamente prisión permanente revisable. Legislar a golpe de oportunismo político en cuestiones tan importantes solo sirve para desestabilizar el Derecho.

Habría que diferenciar dos tipos de delincuentes: los políticos y los llamados comunes. Los primeros, nos guste o no reconocerlo, no serían delincuentes de no existir el “problema político”. De hecho, desde la tregua indefinida, ETA no ha vuelto a cometer un asesinato. El problema, pues, será político y humano, pero no resulta digerible que se tumbe, por esos motivos, uno de los pilares de nuestro sistema constitucional. Y no creo que los criminales yihadistas –que están dispuestos a inmolarse- dejen de serlo porque se endurezcan las penas. Entonces, ¿por qué esta reforma? Respuesta: maquillaje electoral. Podría argumentarse que la norma se ha reformado –y no es esta la razón- porque es intolerable que salgan a la calle violadores o asesinos en serie que volverán a reincidir cuando se encuentren libres, algo que cuando se aprobó la ley de 1979 no se conocía con la certeza que hoy se conoce. Pero este no es problema, pues este tipo de delincuentes podrían esta controlados con medidas psiquiátricas y policiales, sin necesidad de desarbolar nuestro sistema penal y penitenciario.

Cuando algunas personas nos enrolamos en el Partido Popular entre 1993 y 1996 –lo que no hubiésemos hecho de persistir Alianza Popular- creíamos que eso de la regeneración iba en serio y que sería una especie de lluvia fina en todos los órdenes: políticos (mayor presencia del debate político), institucionales (presencia de los mejores en los más adictos) partidos políticos (lucha contra la patrimonialización y su consecuencia, la corrupción). Hoy, quienes entonces tuvimos tanta ilusión, nos sentimos anonadados pues la lluvia fina que ha caído nos ha dejado helados hasta los huesos. Y la última llovizna es esta atolondrada medida legislativa: la prisión permanente revocable. El País 2 de febrero 2015. Jorge Trías Sagnier, abogado, escritor y exdiputado del PP.