jueves, 29 de mayo de 2008

La guerra y el deporte.


Los corredores Kenianos confían en dejar atrás la violencia.

Cuando Luke Kibet ganó el maratón mundial en agosto, se convirtió en favorito para alcanzar lo que ningún keniano ha conseguido a pesar de los éxitos de su país en carrera de fondo: una medalla olímpica de oro en la carrera de los 42,2 kilómetros.
Sin embargo, con agosto y los Juegos de Verano de Pekín cada vez más cerca, las esperanzas olímpicas de Kibet se han ido alejando. Él y muchos de los majestuosos corredores de Kenia, entre ellos docenas de aspirantes olímpicos, han visto sus vidas trastocadas por la violencia étnica que siguió a las disputadas elecciones presidenciales de diciembre.
Murieron cerca de 1.200 personas, y varios cientos de miles huyeron de sus hogares. Entre esos muertos estaban Lucas Sang, corredor de 400 metros que compitió en los Juegos Olímpicos de 1988, y Wesley Ngetich, corredor de maratón de elite.
El 31 de diciembre, durante los disturbios que tuvieron lugar en Eldoret, en el valle del Rift, golpearon a Kibet en la cabeza con una piedra y le dejaron inconsciente. Sufrió una conmoción cerebral y dejó de entrenar durante dos semanas. En febrero, sacó una pistola para librarse de otro posible ataque.
“Vi muchas cosas”, dice Kibet. “Tenía miedo a entrenar. Temía por mi vida”
Entonces sufrió un tirón en el tendón de la corva, que le obligó a dejar el entrenamiento. En abril Kibet terminó en un decepcionante undécimo puesto en el maratón de Londres.
Lo han convocado como suplente en el equipo keniano olímpico de maratón, pero ahora sus posibilidades de competir en Pekín dependen de que otro corredor abandone. “Cuando uno ve gente morir, se te queda grabado”, dice Kibet, de 25 años.
Muchos corredores de élite de Kenia interrumpieron sus regímenes de entrenamiento en enero y febrero. Algunos atletas recibieron amenazas de muerte. Mientras tanto, la reputación de los corredores del país como embajadores de la paz también recibió un golpe. Un organismo de control internacional divulgó en febrero que algunos corredores kenianos, muchos de ellos con antecedentes militares, posiblemente participaron en los actos violentos y proporcionaron ayuda económica y transporte a las milicias tribales.
El caos ha disminuido desde entonces. A mediados de abril, el Gobierno constituyó un gabinete de unidad nacional. Sin embargo, es demasiado pronto para saber si los conflictos étnicos y la interrupción de los entrenamientos afectarán las posibilidades de Kenia de obtener alguna medalla en los Juegos Olímpicos de Pekín.
La mayor parte de los corredores de elite de Kenia pertenecen a la tribu kalenjin y viven en el centro regional del valle del Rift y sus alrededores, con un clima moderado y una altitud de casi 2.100 metros. Este fue también el centro de la violencia más virulenta tras las elecciones.
El presidente de Kenia, Mwai Kibaki, miembro de la tribu kikuyu, que ha controlado el poder político y económico desde hace mucho tiempo, ganó la reelección el pasado mes de diciembre entre acusaciones de pucherazo. Los kalenjin apoyaron al candidato de la oposición, Raila Odinga, miembro de la tribu luo, que más tarde se convirtió en primer ministro tras firmar un acuerdo de reparto del poder. Cuando Odinga perdió, este país normalmente tranquilo estalló.
Magdaline Chemjor, vencedor del maratón de Ámsterdam de 2007, cuenta una historia que ha repetido a menudo de cómo las barricadas obstaculizaban sus rutas de carrera. Intentó seguir entrenando ocultándose en los bosques, pero luego paró completamente durante dos semanas en enero. La gente decía: “¿Por qué corres cuando están matando gente?”, cuenta Chemjor. “Rezaba para que pasase todo. Éste es mi trabajo”.
Kibet cuenta que durmió al raso durante una semana para proteger su casa mientras 15 mujeres y niños se apretujaban en su interior, entre ellos su mujer y sus hijos pequeños. Kibet, inspector del sistema carcelario nacional, explica que él y otros corredores compañeros suyos que le ayudaron a proteger su casa estaban armados con dos ametralladoras.
Meses después Kibet, un kalenjin, dice no sentir odio hacia los kikuyus. Se hace eco de un sentimiento compartido por muchos corredores y funcionarios acerca de que un éxito en Pekín, esté el allí o no, puede resultar edificante para un país que intenta curar sus heridas.
“Si la gente ve a los kalenjin y los kikuyus corriendo y hablando juntos, puede pensar que ellos también pueden hacerlo”, dice Kibet.

The New York Times. Por Jeré Longman. Publicado por EL PAÍS jueves 29 de mayo de 2008.